Seguramente ya es evidente que los bancos centrales son culpables de una mala gestión de la economía. Primero redujeron los tipos de interés a cero y, en algunos casos, a una cifra negativa antinatural; después inundaron los sistemas financieros con crédito equivalente a moneda creado de la nada, y luego subieron los tipos rápidamente para intentar frenar las consecuencias. Así, los bancos centrales se han llevado a la quiebra a sí mismos y a buena parte de sus economías.
Aunque los economistas y gestores de dinero, desafortunados, siguen rendidos ante ellos, los bancos centrales han demostrado no ser aptos para su cometido. Es hora de un nuevo sistema basado en la demanda económica real de crédito, sin interferencia del Estado.
La ineptitud de los planificadores monetarios queda ahora al descubierto con los acontecimientos de Argentina, cuyo nuevo presidente ha prometido cerrar el banco central e introducir para el peso una caja de conversión (currency board) respaldada por el dólar estadounidense. Lejos de ser un político díscolo, el presidente Milei está bien asesorado. Las cajas de conversión funcionan: imponen una disciplina automática al gasto del Gobierno.
Este artículo abre el debate entre la banca libre sin bancos centrales bajo patrones oro y el sistema de moneda fiduciaria, que da a los bancos centrales el poder de depreciar la moneda. La banca comercial sin bancos centrales es la norma histórica, y los males de la gestión estatista de la moneda son un fenómeno más reciente.
Quienes sostienen que los bancos centrales representan un progreso respecto a la banca libre se equivocan claramente.
Introducción
El nuevo presidente de Argentina, Javier Milei, fue elegido con un programa que incluía el cierre del banco central del país. Lo ha elogiado un grupo ecléctico de defensores del libre mercado, monetaristas e incluso el FMI. Hasta ahora, su reforma monetaria ha incluido una devaluación del 54 % del peso frente al dólar estadounidense, que probablemente acerca su valor oficial al tipo de cambio del mercado negro. Más que una devaluación, es la aceptación de la realidad.
Milei ha dejado claro que Argentina adoptará el dólar estadounidense como moneda del país mediante una caja de conversión. Las cajas de conversión fueron en origen el medio por el que algunas colonias británicas vincularon su moneda local a la libra. Al funcionar de forma mecánica y fuera del alcance de los políticos entrometidos, funcionaron bien. Además permitían el libre comercio y los flujos de importación y exportación, lo que hacía innecesarios los controles de cambios. Son una solución rápida para estabilizar el valor de las monedas, y en la práctica han demostrado ser extremadamente eficaces.
Con una caja de conversión, circulará un nuevo peso respaldado al menos al 100 % por dólares estadounidenses. Los pesos serán canjeables por dólares y viceversa, a elección del tenedor. Abarcará no solo los billetes, sino también los depósitos a la vista en los bancos comerciales. Una autoridad emisora debe cumplir esta función por ley, o al menos con un mandato claro que excluya la interferencia política. Salvo quizá la de prestamista de última instancia, desaparecen todas las demás funciones de un banco central, por lo que puede cerrarse. Aún no está claro de dónde saldrán los dólares para la caja de conversión de Argentina, pero, como con cualquier moneda fiduciaria, presumiblemente los aportará el sistema bancario. En cualquier caso, los dólares ya circulan libremente en Argentina, y el peso es solo el dinero de los pobres.
Cuando «el establishment» vea retirado su pilar central, la fuente de su financiación gratuita, inevitablemente habrá una reacción. Pero la táctica de Milei es la de un boxeador que supera inesperadamente a su oponente. Con el electorado de su lado, está lanzando golpes rápidos al establishment: cierra nueve ministerios, recorta subsidios y cancela licitaciones de obras públicas. Parece haber aprendido la importancia de actuar con rapidez para mantener al establishment continuamente desconcertado, sin poder reagruparse ni convencer a los medios socialistas argentinos de una respuesta adecuada. Hay que hacerlo pronto y deprisa, mientras Milei conserva la iniciativa y siempre puede amenazar con un nuevo plebiscito a quienes se opongan a sus planes.
Quizá el mayor peligro para Milei sea un golpe militar, que es la forma habitual que tiene el establishment argentino de eliminar el problema de la democracia.
Mientras tanto, elegir el dólar estadounidense como respaldo de una caja de conversión le ha valido elogios de economistas extranjeros de diversas tendencias. La excepción, tal vez, han sido los hegemones asiáticos, China y Rusia, que aceptaron la incorporación de Argentina a un BRICS ampliado a partir del mes que viene. Pero se han mantenido callados. Desde el punto de vista de EE. UU., la elección de Milei debe de verse como algo positivo y como una oportunidad de meter un palo en las ruedas del BRICS. Pero no es tan sencillo, porque China ayudó hace poco al Gobierno anterior con una línea de swap en yuanes contratada con el Banco Popular de China para pagar la mayor parte de una deuda en dólares con el FMI.
El swap forma parte de una línea preacordada de hasta 130.000 millones de yuanes, de la cual el banco central argentino tiene acceso libre a 35.000 millones. La abolición del banco central simplemente requerirá que el acuerdo se transfiera por novación al ministerio de Finanzas, así que eso no debería suponer un problema. Sin embargo, parece que Milei entiende lo delicado del equilibrio entre las ambiciones de la administración anterior de unirse a los BRICS junto con Brasil y su propio repliegue hacia el uso de dólares estadounidenses, porque se dice que se está mostrando inusualmente diplomático en su relación con China.
Milei tendrá que andarse con cuidado en este espinoso asunto. Como defensor del libre mercado y, según se dice, discípulo del gran economista austriaco Friedrich Hayek, casi con toda seguridad entiende que el dólar es solo una solución monetaria temporal. Seguramente, desde sus instintos libertarios, ve los déficits presupuestarios de EE. UU. y la propia trampa de deuda del dólar como algo similar al despilfarro de su propio gobierno y a sus trampas de deuda.
Al parecer, es aficionado al bitcóin, lo que confirma esta comprensión. Una caja de conversión en dólares es solo una solución temporal que dura mientras el dólar no se enfrente a su propia crisis. Convendría que Milei evaluase si las 61,74 toneladas de reservas de oro de Argentina son un seguro suficiente frente a la caída del dólar, porque cada vez es más probable que se necesite un Plan B, posiblemente antes de que se seque la tinta del Plan A.
Seguiremos estos acontecimientos con gran interés, en particular el regreso a la banca libre, que podemos definir como la banca sin la influencia controladora de un banco central.
Los bancos centrales son una innovación reciente
Dado que los romanos inventaron la banca y que los bancos italianos adoptaron la forma moderna de creación de crédito mediante la contabilidad por partida doble en el siglo XIV, la banca comercial sin banca central tiene una historia mucho más larga que con ella. Aunque el Banco de Inglaterra existió como banco central a raíz de la Ley Bancaria de 1844 (durante mucho tiempo antes había funcionado como un banco comercial con el monopolio de los negocios del gobierno, que no es lo mismo), y la Junta de la Reserva Federal de EE. UU. nació antes de la Primera Guerra Mundial, la banca central en sí se extendió más ampliamente a partir de entonces, coincidiendo con el final de los patrones oro, sobre todo en Europa.
Igual que una caja de conversión vuelve redundante a un banco central moderno, también lo hace con los patrones oro, que requieren una función de control de la emisión similar y sencilla. Los fracasos del Banco de Inglaterra en los años posteriores a la Ley Bancaria de 1844 se debieron a sus torpes intentos de gestionar los tipos de interés. La Ley, basada en los preceptos de la escuela monetaria, partía de que la solución era separar el departamento de emisión de la actividad bancaria. No lo fue, como demuestra que las disposiciones de la Ley sobre la cobertura en oro de la emisión de billetes se suspendieran solo tres años después, en 1847, y de nuevo en 1857 y en 1866. Los legisladores y el propio banco no previeron que la fuga de sus reservas de oro no vendría del público presentando billetes para canjearlos por soberanos, sino del cobro de los saldos de depósito del departamento bancario.
El Banco cometió además otro error, que persiste hasta hoy: intentar gestionar los tipos de interés en un contexto económico. Además del problema real de que ningún banquero central entiende realmente el negocio de la economía, los tipos de interés deberían haberse gestionado con el fin de mantener las reservas de oro. Al menos los operadores modernos de cajas de conversión han aprendido esta distinción vital.
Los economistas modernos tienden a descartar las cajas de conversión, así como los mercados libres. Su solución a los problemas, creados en su mayor parte por ellos mismos, es redoblar la apuesta con más regulaciones, ampliando su alcance y complejidad. Se ha creado toda una industria de reguladores, gestores de políticas y allegados para desempeñar funciones inventadas.
Naturalmente, quienes trabajan en ella apoyan su continua expansión. Por eso, la simplicidad práctica de un patrón oro y de las cajas de conversión recibe poca atención. Esto ignora las lecciones de la historia: que el mundo evolucionó desde un estado feudal, pasando por la revolución industrial, hasta un nivel de vida para el ciudadano común que habría sido la envidia de los reyes hace apenas un siglo, todo ello gracias al crédito de la banca comercial. Sí, ha habido contratiempos por el camino, pero la cuestión que hay que plantear es si los bancos comerciales, en su relación entre sí, pueden minimizar esos contratiempos, o si los gobiernos, a través de sus bancos centrales, pueden lograr un mejor resultado.
El monopolio sobre la provisión de moneda se deriva de la Ley Bancaria de 1844 (Bank Charter Act) del derecho inglés, que los bancos escoceses no adoptaron (Escocia tiene su propio sistema jurídico), por lo que hasta hoy los principales bancos siguen emitiendo sus propios billetes, eso sí, respaldados íntegramente por sus reservas en el Banco de Inglaterra. Aunque fue un proceso gradual, la retirada de la facultad de los bancos ingleses de emitir billetes no hizo sino consolidar el monopolio del gobierno sobre la moneda. La moneda ha pasado a considerarse dinero nacional, y no un pasivo crediticio de un banco. Con frecuencia se pasa por alto la importancia de este cambio. Hoy son muy pocos los economistas que entienden que un billete es en realidad un pasivo del banco central, a pesar de que sigue figurando como tal en sus cuentas. Seguramente no adoptarían con tanta facilidad esa visión errónea si los bancos comerciales aún pudieran emitir sus propios billetes.
Cuando un banco comercial emite billetes, estos tienen necesariamente una calificación similar a la de un depósito; la única diferencia es que un billete es una promesa hecha a un portador desconocido. Si se restableciera esa facultad, es seguro que los bancos emitirían billetes para que ocuparan el lugar de la moneda nacional. Puede que un banco no la aprovechara de todos modos, teniendo en cuenta que los banqueros de Londres dejaron de emitir billetes en la década de 1790, cincuenta años antes de que la ley de 1844 prohibiera su emisión. Pero no hay ninguna razón de fondo para que no se permita emitir billetes, y, si los clientes de un banco los demandaran, los billetes de un banco comercial simplemente circularían junto a los emitidos por el gobierno. Entonces, quizá, los economistas comprenderían mejor la naturaleza crediticia de los billetes.
El límite de la intervención estatal en el crédito debería ser ofrecer una versión actualizada de la caja de conversión (currency board): un servicio emisor de billetes y saldos de depósito respaldados totalmente por dinero real y legal, que es el oro. El emisor debe tener la responsabilidad exclusiva de garantizar que el respaldo en oro de sus pasivos esté siempre disponible. El balance del emisor consistiría en billetes y depósitos como pasivos crediticios, y en un activo compuesto íntegramente por lingotes y monedas de oro. La cuenta de resultados generaría ingresos suficientes por señoreaje para cubrir los gastos de almacenamiento y acuñación. Y los directores del emisor tendrían el encargo de gestionar los tipos de interés únicamente con el fin de mantener las reservas de oro. Debe estar separado de toda otra actividad financiera.
De este modo, el crédito generado por la actividad bancaria pasa a ser una cuestión puramente comercial. El crédito bancario es una función de la banca comercial, que toma como referencia el tipo fijado por el emisor en virtud de los depósitos bancarios mantenidos en él, pero que refleja riesgos adicionales de contraparte. Para atender las probables demandas de monedas o metal precioso por parte de los depositantes, un banco comercial puede mantener un depósito en el emisor, obtenido entregando oro a cambio, o comprarlos en el mercado. Esto basta para vincular el valor del crédito bancario comercial al de la moneda nacional, que a su vez queda indiscutiblemente vinculada al oro.
El error de la Ley Bancaria de 1844 fue dividir el Banco de Inglaterra en dos departamentos, pero bajo la misma dirección. Su departamento bancario era una operación de crédito tan propia como cualquier banco comercial, y fueron los conflictos inherentes, sobre todo en la fijación de los tipos de interés, los que llevaron al fracaso de la ley.
Si el Estado mantiene o no presencia bancaria en el sistema bancario comercial pasa a ser una cuestión aparte. La gestión de los resultados económicos mediante la manipulación de los tipos de interés es una causa perdida, dado que el único objetivo de los tipos de interés puede ser mantener las reservas de oro. Pero sigue pendiente la espinosa cuestión de la necesidad de un prestamista de última instancia. En sus planes para abolir el banco central de Argentina, esta es una cuestión importante que el presidente Milei aún no ha abordado.
La teoría del libre mercado sostiene que no es necesario. Sabiendo que no habrá rescates, cabe esperar que los banqueros presten la debida atención al riesgo de contraparte, y la más mínima sospecha de irregularidad se reflejaría de inmediato en la calificación crediticia de un banco en los mercados interbancarios. Además, los bancos de la red comercial son perfectamente capaces de gestionar las quiebras bancarias, porque es evidente que les interesa colectivamente mantener la credibilidad del sistema. Esta es otra lección de la época anterior a la banca central.
La violencia del ciclo de crédito bancario de Gran Bretaña se atenuó en las décadas posteriores a las guerras napoleónicas gracias a las mejoras en los sistemas de compensación, como muestra el siguiente gráfico de precios al por mayor:

A finales del siglo XVIII se creó un sistema de compensación para los bancos de Londres, en el que por primera vez las diferencias diarias entre los bancos miembros se liquidaban sobre una base neta. El Informe Bullion (1810) señalaba que había 46 banqueros privados que compensaban un valor bruto de 4.700.000 £ diarias mediante una liquidación neta de 220.000 $ en billetes de banco. Esto supuso una mejora significativa respecto al sistema anterior, en el que los empleados de los bancos recorrían Londres a pie, visitando otros bancos para saldar las deudas. En 1854 se admitió a los bancos por acciones en el sistema de compensación de Londres, y el Banco de Inglaterra se incorporó en 1864. Para entonces, se había abandonado el sistema de liquidar los saldos en billetes de banco, que fue sustituido por giros bancarios liquidados dos veces al día, con una conciliación final a última hora de la tarde. Además, con el tiempo otras ciudades establecieron acuerdos de compensación similares, así como acuerdos entre ciudades.
Durante el período que abarcan estos perfeccionamientos cada vez mayores de la liquidación interbancaria, los precios al por mayor fueron perdiendo volatilidad. Es decir, a medida que la banca comercial se volvía más eficiente como sistema, disminuyó el impacto sobre los precios del ciclo del crédito bancario, a medida que el crédito se expandía y se contraía alternativamente. Dado que el objetivo de un banco central es garantizar la estabilidad de precios, esto constituye una prueba de que esa función no es necesaria.
Consideraciones sobre la inflación
El fin de los patrones oro nacionales tras la Primera Guerra Mundial llevó a un establecimiento más amplio de bancos centrales, que se convirtieron en el cauce de una creciente intervención económica de los gobiernos. El auge del socialismo en Europa, tanto marxista como fascista, condujo a una mayor participación del Estado en la economía y a la necesidad de aumentar los ingresos públicos. Gran parte de la intervención fue ideológica, una tendencia que continuó tras la Segunda Guerra Mundial con el desarrollo del Estado del bienestar.
Bajo el amparo del Acuerdo de Bretton Woods, tanto los tipos de interés como la inflación de los precios de consumo seguían vinculados al oro mediante tipos de cambio fijos respecto al dólar. El vínculo entre el valor de las monedas y el oro era tan tenue que dependía en última instancia de la confianza del público, o incluso de su desconocimiento general de los peligros de esta nueva relación entre dinero y crédito. Con las enormes reservas de oro de Estados Unidos, que en 1950 sumaban 20.279 toneladas y representaban el 65 % de las tenencias oficiales del mundo, el sistema de Bretton Woods debió de parecer inexpugnable. Pero el Gobierno estadounidense aprovechó esta ventaja para duplicar la cantidad de moneda en circulación entre 1950 y 1970. Y a medida que aumentaba el número de dólares, también lo hacía su canje por oro. Cuando el presidente Nixon suspendió Bretton Woods en 1971, las tenencias oficiales mundiales habían subido a 36.575 toneladas, mientras que las reservas de EE. UU. habían caído a 9.070 toneladas, lo que representaba solo el 24,8 % del total. Ajustadas por el aumento de las existencias de oro sobre la superficie, las reservas de EE. UU. habían pasado de un dominante 39 % de todo el oro extraído en 1950 a solo un 12 % en 1971.
La única razón por la que Bretton Woods funcionó durante tanto tiempo fue a costa de las reservas de oro de EE. UU. Mientras los bancos centrales extranjeros pudieran canjear sus dólares, funcionó. Cuando terminó Bretton Woods, terminó también la contención de los precios, que bajo el nuevo régimen de dinero fiduciario empezaron a subir sin control.
Ese es el contexto en el que debemos considerar el ciclo de crédito bancario, aparentemente disruptivo, y el nuevo entorno posterior a Bretton Woods. Estuvo dominado por las consecuencias inflacionarias de la expansión de la moneda fiduciaria. El ciclo del crédito fue la razón por la que los bancos centrales desarrollaron su capacidad de prestamista de última instancia, lo que condujo a una creciente intervención regulatoria orientada a contener el riesgo sistémico.
En este contexto, resulta interesante que, según el Departamento de Emisión del Banco de Inglaterra, sus pasivos, es decir, los billetes en circulación, aumentaron de 20,18 millones de libras en 1844 a 29,61 millones en diciembre de 1913, antes de la suspensión del patrón oro al año siguiente. Fue un aumento a una tasa compuesta media de aproximadamente el 1 % anual. Mediante cálculos retrospectivos, se estima que los precios de consumo aumentaron menos de un 10 % durante todo el período. Mientras tanto, las estimaciones del dinero en sentido amplio M3 aumentaron un 446 %, de 211,34 millones a 1.153,77 millones de libras.[i]
La oferta monetaria en sentido amplio se compone en su inmensa mayoría de préstamos bancarios. Sin embargo, a pesar de la expansión del crédito bancario, apenas hubo inflación del nivel general de precios, como ilustra el gráfico anterior de precios al por mayor anteriores a 1913. De ello podemos extraer algunas deducciones importantes. La inflación de precios es más un fenómeno de la moneda que del crédito bancario. Entregar el control de la moneda a un banco central sin una adhesión estricta a la convertibilidad en oro conduce inevitablemente a la depreciación de todo el crédito por falta de disciplina monetaria. A primera vista, el crédito bancario no es inflacionario, pero esto debe matizarse.
Si, en su creación de crédito, las políticas de préstamo de los bancos se atienen estrictamente al principio de que el prestatario estará en condiciones de devolver el préstamo, entonces, por definición, ese crédito se empleará de forma constructiva. Pongamos, por ejemplo, que un empresario necesita crédito para ampliar su producción. Lo empleará en diseñar y fabricar nuevos productos o en aumentar su producción para satisfacer la demanda prevista. Su inversión no provoca una subida de precios; en todo caso, el resultado es una mayor calidad, innovación para reducir los costes de producción y productos más competitivos. Por lo tanto, la expansión del crédito con fines productivos no es inflacionista.
En una economía en la que las personas esperan asumir la responsabilidad de su propia seguridad conservando ahorros, la expansión del crédito bancario alimenta una menor demanda de consumo inmediato, al desviarse el crédito hacia el ahorro. El efecto sobre el nivel general de precios es reducir el consumo inmediato en relación con la producción, lo que lleva a que los precios tiendan a no subir o incluso a bajar. Hoy vemos esta diferencia, por ejemplo, en las menores consecuencias inflacionistas de la expansión del crédito en Japón y China, que tienen altas tasas de ahorro, frente a los derrochadores de EE. UU. y el Reino Unido, que gastan los ingresos excedentes e incluso se endeudan para gastar más.
Es cierto que hay dos problemas en los préstamos de la banca comercial que tienen consecuencias inflacionistas. El evidente es el préstamo a consumidores puramente para el consumo, descrito en el párrafo anterior. Se aprecia en la deuda de las tarjetas de crédito y en el endeudamiento destinado únicamente a adquirir bienes y servicios con escasa o nula intención de devolverlo. Pero lo que preocupa especialmente es el ciclo de los préstamos bancarios, que desestabiliza la oferta y la disponibilidad de crédito.
En la fase expansiva, los préstamos bancarios pueden estar movidos por consideraciones que no son puramente productivas. En esta etapa del ciclo, los banqueros han recortado repetidamente los tipos de los préstamos para ganar cuota de mercado y aumentar el apalancamiento de su balance. Inevitablemente, este exceso de crédito sí provoca una subida de precios. Y como los tipos de interés son, sobre todo, una compensación a los depositantes por su preferencia temporal, la subida de precios eleva el nivel general de los tipos de interés, lo que trastoca los planes empresariales y añade riesgo a los préstamos existentes.
Entonces los banqueros descubren que el riesgo de sus préstamos ha aumentado justo cuando la exposición de su balance es máxima por el apalancamiento, y por eso reducen su actividad crediticia. Sobreviene una escasez de crédito que eleva aún más los tipos de interés y deja al descubierto las malas inversiones. Este comportamiento es el motor del ciclo económico de auge y caída. En un entorno de moneda fiduciaria, esto conduce inevitablemente a fluctuaciones en el nivel general de precios, por razones evidentes. Pero con un patrón oro que funcione correctamente, unos precios locales más altos provocan una salida de oro, a menos que se suban los tipos de interés para estabilizar las reservas de oro. Por eso debería ser responsabilidad del emisor de la moneda controlar los tipos de interés para mantener reservas suficientes que cubran la emisión de billetes y sus obligaciones con el sistema bancario.
En nuestro sistema de moneda fiduciaria, ya no es así como funcionan las cosas, y el ciclo económico nos amenaza con la depreciación de la moneda, ya sea por su expansión a manos del banco central, o por la pérdida de su valor a medida que se erosiona la confianza en el crédito, bien en los mercados de divisas, bien entre los agentes nacionales.
Estos peligros, que he demostrado que son mayores en un sistema de moneda fiduciaria que en uno firmemente anclado al oro, han servido de pobre excusa para que los bancos centrales intervengan. Según la teoría keynesiana, es el fracaso de los mercados libres lo que justifica la intervención monetaria del Estado, que incurre en un déficit presupuestario para sacar a la economía de la recesión. Pero conviene señalar que, aunque el ciclo del crédito genere inestabilidad para las empresas, con un patrón oro se corrige solo en términos inflacionistas, algo que no puede decirse de la intervención estatista encabezada por un banco central que crea moneda y reservas bancarias para intentar gestionar los resultados.
Es evidente que la experiencia de la gestión de los tipos de interés por parte de los bancos centrales es que la política monetaria ha aumentado su volatilidad. El ciclo subyacente del crédito bancario se ha vuelto más dañino por la intervención estatista, como ilustran los acontecimientos actuales. Tras llevar los tipos de interés a cero o incluso a territorio negativo, las consecuencias inflacionistas para los precios de consumo han provocado una escalada de los tipos de interés y una intensificación de la escasez de crédito bancario. Sectores enteros de la industria han visto trastocados sus cálculos empresariales. El inmobiliario comercial, el capital riesgo e incluso los propios bancos han sido pillados a contrapié y amenazados de quiebra.
La crisis actual se debe por completo a las acciones de los bancos centrales.
Financiación de los déficits públicos
Envuelto en objetivos grandilocuentes, podría decirse que el objetivo más importante de un banco central moderno es conseguir financiación para su derrochador gobierno. Incluso los gobiernos fiscalmente conservadores tienen presente este requisito. La Ley Bancaria (Bank Charter Act) de 1844 incluyó los bonos del Estado como respaldo de activos del Departamento de Emisión, con un 43 % del total de activos. Y el Departamento Bancario poseía más deuda pública, que suponía el 32 % de sus activos.
Bajo la disciplina del patrón oro y con un enfoque general de los gobiernos de no involucrarse en asuntos comerciales, la demanda de financiación mediante deuda del gobierno británico dio lugar a amortizaciones netas: la deuda pendiente bajó de 838 millones de libras en 1844 a 709 millones en 1913. Pero este enfoque austero, compartido por los gobiernos en general, cambió a principios del siglo XX. En 1930, el presidente Hoover empezó a intervenir para intentar frenar la depresión, un testigo que recogió el presidente Roosevelt, su sucesor.
Fue en esa época cuando los economistas dieron cada vez más la espalda a los mercados libres, al diagnosticar erróneamente la causa de la depresión. Keynes publicó su Teoría general en 1936, inventando una macroeconomía de algún modo desvinculada del mundo real, que justificaba la gestión gubernamental del ciclo económico. En la práctica, la nueva economía llevó a un endeudamiento público creciente, supuestamente financiado en los mercados de crédito, pero, sin un aumento correlativo de las tasas de ahorro, adquirió un carácter inflacionista. Exigía la emisión de cantidades cada vez mayores de deuda, en la que los bancos centrales desempeñan un papel importante.
La aplicación de sus políticas keynesianas ha dado al Gobierno de EE. UU. la excusa para acumular un déficit total de más de 22 billones de dólares desde 1950, lo que ha llevado a una deuda pendiente de 34 billones hoy. Como banco central, la Fed ha desempeñado un papel clave en esta financiación y, posiblemente, sin que la Fed produjera el crédito (los dólares son los dólares de la Fed, no del gobierno), esta financiación habría sido imposible. En la medida en que esto sea cierto, la Fed es responsable de la depreciación del dólar, y sin la Fed el Gobierno de EE. UU. se habría visto obligado a adoptar una línea más responsable con respecto a sus propias finanzas.
Conclusión
Dado que el establecimiento de los bancos centrales nunca fue una cuestión que el público entendiera, los gobiernos los han posicionado para sacar el máximo beneficio de sus monedas fiduciarias. Se les ha promocionado como mejores gestores de los resultados y la estabilidad económicos que el sector privado operando en condiciones de libre mercado. Siempre es más fácil vender la idea de que entidades poderosas, como los bancos comerciales, necesitan licencias y regulación, que defender la no intervención.
Este artículo sirve para recordarnos que lo normal es que no haya bancos centrales y que son una innovación relativamente reciente. El poder de los bancos centrales ha aumentado inmensamente con la retirada del oro del sistema monetario mundial. Y, a medida que su poder ha crecido, los bancos centrales han aumentado la inestabilidad financiera. Quizá no lo hayan notado más que los observadores más atentos, pero la represión de los tipos de interés hasta el límite del cero e incluso por debajo, seguida de la rápida subida de los tipos para hacer frente al repunte inesperado (es decir, para los banqueros centrales y su coro de monos ciegos, sordos y mudos) de la inflación de precios, se debe claramente a un fracaso de la política.
El resultado de este fracaso es una catástrofe de deuda para gobiernos, empresas y ciudadanos de a pie. Encabezadas por EE. UU. como custodio de la moneda de reserva mundial, las naciones del G7 se enfrentan al colapso económico y, con nada más que una fe que desaparece rápidamente sosteniendo sus monedas fiduciarias, el error de poner a agencias gubernamentales al mando de los tipos de interés y del crédito se hará evidente en breve incluso para el observador más torpe.
Tras una crisis de las monedas fiduciarias cada vez más inevitable, provocada por la mala gestión de los bancos centrales, la lógica indica que deberíamos volver a la banca libre, a un crédito respaldado por oro que ate los precios al oro y a la abolición de los bancos centrales. Hemos aprendido mucho desde los fracasos de la Ley Bancaria de 1844 sobre cómo implantar un patrón oro a prueba de bombas mediante el desarrollo de las cajas de conversión (currency boards).
No esperes que este remedio evidente se adopte con rapidez para evitar un grave colapso del valor del crédito fiduciario. Hay demasiado capital institucional e intelectual invertido en el actual sistema de moneda fiduciaria y banca central para ello. Pero es posible que el presidente Milei, en Argentina, abra el camino, sobre todo si Argentina aumenta sus reservas de oro como Plan B.
[i] Consulta los datos del Banco de Inglaterra: Millennium of economic data for the UK.