Análisis posterior del Brexit

Ha pasado un mes desde el sorprendente voto de Reino Unido a favor de abandonar la UE.

Ya hay un nuevo primer ministro conservador y un nuevo ministro de Economía, tras haber dimitido tanto David Cameron como George Osborne. El tercer hombre del triunvirato perdedor, Mark Carney, sigue en su puesto. Dado que adoptó una postura política en el debate previo al referéndum, es indudable que la caída de la libra tras la votación fue considerablemente mayor que si se hubiera mantenido al margen.

Este artículo critica las estimaciones del Tesoro sobre el efecto del Brexit en la economía británica y el papel del señor Carney en el asunto, y luego evalúa las consecuencias reales.

Las armas económicas de destrucción masiva del Tesoro

Uno de los modelos del Tesoro predecía que el Brexit costaría a cada hogar 4.300 libras al año. Esta predicción tenía al menos dos fallos. En primer lugar, se presentó como si fuera una pérdida de renta neta, es decir, de los beneficios empresariales o los salarios que perdería el hogar medio. La estimación no era nada de eso: era el cálculo del Tesoro de la pérdida anual de PIB dividida entre el número de hogares en caso de Brexit.

Un segundo error debería ser igual de evidente. Ningún modelo económico puede predecir un resultado sin datos subjetivos. Por eso, si entra basura, sale basura. Incluso se pueden buscar respuestas concretas introduciendo supuestos en un modelo económico. Se sospecha que esta fue la base principal de lo que la prensa bautizó como “Project Fear” (el proyecto del miedo). De hecho, había dos modelos del Tesoro: el primero, descrito más arriba, que pretende predecir las perspectivas a medio y largo plazo, y un segundo que predecía una recesión inmediata en caso de victoria del Brexit. Este es el modelo VAR del Tesoro, que usa el análisis estadístico para medir y cuantificar el nivel de riesgo financiero. El supuesto simple, sin base en pruebas, era que el Brexit supondría una conmoción económica la mitad de grave que la crisis financiera de 2008, con una duración de dos años.

Combinar los resultados de estos dos modelos permitió a George Osborne amenazarnos con un desastre económico si no votábamos a favor de quedarnos.

Un punto importante que parece escapárseles a los economistas del Gobierno al formular sus supuestos de previsión es que todos nosotros seguimos ganándonos la vida tranquilamente, y con mucho éxito si el Estado nos deja en paz. Es cuando interfiere cuando las cosas empiezan a ir mal. Además, están convencidos de que necesitamos acuerdos comerciales nacionales y parecen incapaces de entender que nos las arreglamos mucho mejor con el libre comercio.

No nos desviaremos hacia por qué los modelos económicos nunca pueden funcionar, y en su lugar señalaremos el abuso que el Tesoro hace de sus propios modelos. Un estudio independiente del profesor David Blake, publicado por la Cass Business School, deja al descubierto la intención del enfoque del Tesoro, y aquí repetimos parte de él. Llega incluso a calificar los resultados publicados de «dosieres falsos», una expresión que se usó por primera vez para describir el informe de inteligencia manipulado que nos llevó a la última guerra de Irak. Es como si el propósito de la evaluación económica del Tesoro fuera amenazarnos, siguiendo la analogía con Irak, con armas de destrucción económica masiva inexistentes.

Las conclusiones del profesor Blake son demoledoras, pero se leyeron menos en los círculos financieros que las previsiones del Tesoro, que casi siempre se aceptaron sin cuestionarlas. Las previsiones del Tesoro cobraron después un impulso adicional cuando Mark Carney, gobernador del Banco de Inglaterra, dio el inusual paso de intervenir en el debate político. Alegando que el Banco tiene el mandato de advertirnos de las amenazas económicas, dio a las previsiones del Tesoro una credibilidad injustificada en los mercados de divisas y en los mercados financieros internacionales. Aunque negó que su intervención fuera política, no cabe duda de que ese fue el efecto.

Si Gran Bretaña hubiera votado a favor de permanecer, no habría habido ningún problema inmediato para los mercados. Antes de la votación, la libra se recuperó ante la creencia creciente de que el referéndum favorecería a Remain, porque así lo indicaban las cuotas de las casas de apuestas. Sin embargo, el voto fue en sentido contrario. Hay pocas dudas de que los mercados reaccionaron con tanta brusquedad por los dosieres falsos del Tesoro y por el impulso adicional que les dieron las advertencias de Mark Carney.

Finalmente, la libra cayó de inmediato más de un 10 % y los mercados de todo el mundo sufrieron un duro golpe. Se produjo una oleada de reembolsos en los fondos de inmuebles comerciales del Reino Unido. Pero el hecho más importante, en relación con el mandato del Banco de Inglaterra, fue el desplome de la libra. Iba en contra de la misión declarada del Banco: «promover el bien del pueblo del Reino Unido manteniendo la estabilidad monetaria y financiera».

La intervención del señor Carney fue una apuesta por Remain que no salió bien. Ahora han salido a la luz las pruebas de que quedó atrapado en el engaño del Tesoro, con unos mercados que recuperan rápidamente la compostura, salvo la triste excepción de la libra. El Comité de Política Monetaria decidió el 14 de julio que no se necesita más estímulo económico. En otras palabras, tanto los mercados como el Banco indican ahora que el Brexit no tiene para el Reino Unido las consecuencias que anunciaba el Tesoro, más allá de una devaluación de la libra del 10 %. Y es probable que esta no se hubiera producido si los mercados no hubieran estado condicionados a pensar que el Brexit sería un desastre para la moneda.

Si no fuera por la delicadeza de su posición, cabría esperar que el señor Carney dimitiera de inmediato. Pero la sustitución de un gobernador de un banco central nunca se hace con prisa, y se gestiona en interés de la estabilidad de los mercados. Por tanto, el señor Carney podría organizar discretamente su salida anticipada.

¿Qué ha pasado con la recesión del Brexit?

Un mes después del referéndum, no hay ni rastro de que se cumplan las predicciones del modelo VAR del Tesoro. Londres está repleta de gente, muchos de ellos visitantes extranjeros, gastando dinero en cafeterías, restaurantes, teatros y otras atracciones turísticas. Las carreteras rurales siguen atascadas de caravanas, tractores, turistas y furgonetas blancas que intentan, con todo su productivo desorden, seguir con sus quehaceres. Los empresarios apocados que dudaban sobre sus planes de comercio e inversión se ven obligados a seguir adelante con su vida, y conviene señalar que GSK, la farmacéutica que apoyó a Remain y ahora cambia de bando, anunció esta semana un enorme programa de nueva inversión de capital, uno de varios anuncios similares de los últimos días.

Nuestros amigos comerciales de la Commonwealth, abandonados hace tiempo, están deseando hablar con nosotros, igual que China. Y ¿quién puede olvidar la amenaza del presidente Obama a la hora de negociar el T-TIP con la UE? Pues bien, ya no estamos al final de la cola, sino al principio de la fila. Solo esta semana se anunció que nuestros amigos estadounidenses podrán disfrutar en breve, por primera vez en veinte años, del excelente cordero galés y de la mejor ternera escocesa. De repente, todo el mundo, con la excepción de la UE, quiere hablar de comercio con nosotros. Michel Barnier, un burócrata de pies a cabeza, ha sido nombrado para representar a la Comisión de la UE en el divorcio del Brexit. Se espera que adopte una postura dura y que cualquier acuerdo con el Reino Unido sea difícil de conseguir. Le deseamos suerte, cuando las oportunidades y la atención de todos se hayan desplazado a otra parte.

La comunidad científica, que nos advirtió sobre la pérdida de importantes subvenciones y de la cooperación en proyectos europeos de investigación, ahora se está echando atrás. El presidente de la Royal Society dice que no ve pruebas de que los organismos europeos de financiación discriminen a los proyectos de investigación británicos. El profesor Nick Donaldson, del University College de Londres, señala que «el dinero está llegando a raudales a la cadena de investigación y desarrollo, pero los nuevos productos no llegan al mercado debido al coste que supone la Directiva de la UE de 1990 sobre productos sanitarios implantables activos» (Letters, Daily Telegraph, 26 de julio). Por fin podremos fijar nuestras propias normas en este y otros asuntos en beneficio de la gente corriente.

Debe de resultar extraordinario, para cualquiera que se dejara convencer por las previsiones del Tesoro, la rapidez con la que los mercados y la economía han recuperado la compostura. Los economistas convencionales están desconcertados. De nuevo, debemos remitirnos al estudio del profesor Blake. Él señala que la economía de Groenlandia creció rápidamente cuando salió de la UE en 1985, y que el comercio de Irlanda con el Reino Unido no cambió tras su salida de la zona de la libra esterlina en 1979. Ambos resultados son totalmente incompatibles con los supuestos del Tesoro. También señala que el modelo, con los supuestos de partida del Tesoro, predeciría que al Reino Unido le iría mejor si se uniera al euro, y que a todos los países del mundo les iría mejor dentro de la UE. Díselo a Donald Trump.

Vale la pena leer sus puntos clave, aunque no sea el estudio del profesor Blake en su totalidad. Que el Tesoro se haya equivocado tanto invita a pensar que había otra agenda, quizá anclada en la mentalidad del establishment geopolítico de la posguerra.

Más inmediato es el evidente problema de que la trayectoria económica y financiera de la UE supone una crisis real y de que todo el proyecto puede derrumbarse. Si fuera así, que Gran Bretaña permaneciera en la UE habría supuesto sacrificar los valores de comercio relativamente libre de Gran Bretaña en aras de la autodestrucción de la UE, propia de lemmings.

Existe, por supuesto, toda la posibilidad de que el Gobierno británico estropee el Brexit. Las señales del establishment son, por decir lo menos, contradictorias. El Royal Bank of Scotland, controlado por el Estado, y su filial NatWest están preparando a sus clientes empresariales para tipos de interés negativos en sus cuentas de depósito. Muchos economistas, inmersos en las creencias de la escuela neocambridgiana y con las previsiones del Tesoro todavía muy presentes, desean nuevos recortes de los tipos de interés e incluso dinero lanzado desde helicópteros.

No podemos saber qué nos depara el futuro, en particular cuando los gobiernos intentan microgestionar la actividad económica de sus ciudadanos. No hay pruebas que nos obliguen a sostener que un gobierno británico y el Banco de Inglaterra sean mucho mejores que cualquier otro gobierno y banco central occidental. Tampoco podemos suponer que escapar de la UE sea escapar de su pensamiento de grupo.

Sí sabemos con razonable certeza, a la vista de pruebas sólidas, que si las economías británica o europeas se hunden, no tendrá nada que ver con el Brexit.

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