O algunas reflexiones para leer durante las vacaciones de Semana Santa
Con los tipos de interés de Japón y de la zona euro cada vez más negativos, y con la Fed echándose atrás en al menos parte de las subidas previstas del tipo de los fondos federales este año, los economistas están reevaluando las perspectivas de los tipos de interés.
Los economistas no se ponen de acuerdo: algunos esperan aún más relajación, a la vista del aparente desplome del comercio transfronterizo el año pasado. El hecho de que el Banco de Japón y el Banco Central Europeo consideren oportuno aplicar una reflación monetaria cada vez más agresiva se interpreta como prueba de las dificultades de fondo que atraviesan estas economías clave. Y las dudas persistentes sobre la sostenibilidad de la burbuja crediticia de China apuntan a un alto riesgo de que una crisis provocada por el crédito afecte al motor del crecimiento mundial.
Otros economistas, que citan datos oficiales de EE. UU. y se fían de las declaraciones de la Fed, señalan que los niveles de desempleo han superado con creces el objetivo de la Fed y que la inflación subyacente se ha recuperado hasta el punto de que la Fed estaría plenamente justificada para subir los tipos de interés a lo largo de este año, o correría el riesgo de un sobrecalentamiento en 2017.
Estos dos bandos opuestos chocan en sus previsiones, pero donde difieren de manera fundamental es en sus expectativas de crecimiento económico futuro. Lejos de mostrar el máximo nivel de disciplina macroeconómica, esta diversidad de opiniones debería advertirnos de que sus previsiones pueden carecer de una base teórica sólida. El propósito de una teoría razonada es reducir la incertidumbre, no fomentarla. Y la explicación de la mayoría de los fallos del pensamiento macroeconómico moderno es la sustitución de la economía de mercado por la planificación económica.
El hecho de que la macroeconomía actual desestime las leyes del mercado, a las que los economistas suelen referirse como la ley de Say, lo explica todo. Los errores posteriores lo confirman. Los muchos errores son un tema vastísimo, pero se reducen a ese paso fatídico: negar la verdad universal de la ley de Say.
La ley de Say trata de la división del trabajo. Las personas ganan dinero y obtienen beneficios al aplicar sus habilidades individuales a la producción de bienes y servicios para beneficio de otros. A pesar de los mejores esfuerzos del marxismo y del keynesianismo, junto con todos los demás ismos, los intentos de anular esta realidad siempre han fracasado. Ese fracaso no queda reflejado adecuadamente en las estadísticas del Gobierno, que han evolucionado hasta el punto de ocultarlo. Así, cuando un economista habla de que el crecimiento económico está por encima o por debajo de la tendencia, se refiere a una medida que no tiene cabida en un razonamiento económico sólido: el producto interior bruto.
El PIB
El producto interior bruto, en su forma actual, es una invención relativamente reciente que data de la década de 1930. Fue un regalo para los economistas al servicio del Estado, que necesitaban una justificación estadística para perfeccionar sus teorías sobre la gestión de la economía. Por fin había un medio de medir los efectos de la política económica y, por tanto, de ajustar su aplicación futura a partir de pruebas. La molestia de tener que complacer a los mercados había recibido su golpe definitivo. O eso se creyó.
El PIB se presenta de diversas formas, pero para nuestros fines podemos definirlo como el valor monetario total de las transacciones registradas y admisibles entre dos momentos en el tiempo. No te dice nada más. No te dice nada sobre los motivos de esas transacciones. No te dice nada sobre el futuro. Los economistas, los políticos y los profanos que hablan de crecimiento económico pasan por alto este punto por completo. Lo que el PIB te dice, y lo único que te dice, es cuánto dinero se ha gastado en nuevos productos incluidos en las estadísticas. Y, suponiendo que no haya cambios en el reparto del gasto total entre los conceptos computables y los no computables, el límite es simplemente el total de ingresos y beneficios de los particulares y las empresas destinado a la compra de esos productos. No debe confundirse con el progreso económico, que es algo completamente distinto.
Está tan arraigada la creencia de que el crecimiento del PIB es un objetivo deseable que señalar su absoluta falta de significado equivale casi a una herejía. Supón por un momento que la estadística del PIB recoge toda la actividad económica de una comunidad, convencionalmente un Estado nación. Supongamos también que la cantidad de dinero y crédito es fija, sin expandirse ni contraerse. Y supongamos asimismo que la balanza comercial es siempre cero. Por lo tanto, todo el dinero ganado, o generado mediante beneficios, se gasta o se ahorra. El ahorro es consumo diferido y, a través de intermediarios financieros, las empresas lo invierten en bienes de capital y capital circulante. Lógicamente, por tanto, todo lo siguiente debe ser cierto:
- Todo el consumo se financia con ingresos, ya procedan de salarios, beneficios empresariales, rentas y beneficios del ahorro, o prestaciones y subvenciones públicas.
- Todo el gasto público debe financiarse con impuestos o con ahorro interno. En otras palabras, si el Gobierno aumenta su gasto, tiene que ser a costa de los sectores no gubernamentales. Por lo tanto, un aumento del gasto público no incrementa el PIB.
- Las importaciones se pagan con exportaciones.
- Los precios pueden reflejar libremente los cambios en la demanda de dinero y los cambios en la demanda entre distintos bienes y servicios.
Ahora debería ser evidente que el PIB no puede cambiar de un periodo al siguiente. Una economía en estas condiciones es libre de evolucionar, de responder a las demandas de los consumidores y de los inversores, de progresar, todo ello con "crecimiento" cero. Por lo tanto, el crecimiento del PIB solo puede ser un aumento de la cantidad de dinero empleada, y no puede ser nada más.
Esta era, en líneas generales, la situación cuando el oro era dinero. En líneas generales, porque existía además el efecto cíclico del crédito bancario, que quedó formalizado en la Ley Bancaria de 1844 del Reino Unido (Bank Charter Act). Al menos se compensaba a lo largo del ciclo y, a pesar de los altibajos del crédito bancario, las economías británica, europea y estadounidense progresaron, ya que los consumidores recibieron y adquirieron bienes cada vez mejores a lo largo de la revolución industrial, al menos hasta la perturbación de la Primera Guerra Mundial. Este ejemplo empírico, que queda plenamente explicado por una teoría económica sólida, confirma que los grandes avances del progreso económico de aquella época no podían cuantificarse mediante el PIB.
Esto no quiere decir que una alteración en el ritmo del progreso económico no provoque cambios en el PIB en un entorno de moneda fiduciaria. Pero la relación entre los cambios en el PIB y el progreso real no es predecible y resulta del todo inadecuada como indicador económico.
Una vez establecido que el PIB es simplemente una medida de la cantidad de dinero gastada en los bienes y servicios que especifica la estadística, y nada más, queda al descubierto que el objetivo básico de los economistas modernos, en un mundo de moneda fiduciaria ilimitada, carece de sentido. Este error es fuente de una considerable confusión, no solo entre quienes diseñan las políticas, sino también entre los comentaristas.
La Fed ha aceptado esto por defecto, porque no fija un objetivo para el PIB. En su lugar, opera con un doble mandato de inflación de precios y desempleo, como indicadores indirectos para anticipar cuándo debe moderarse el estímulo monetario. Y aquí también, el uso de estas estadísticas no sustituye una comprensión adecuada de la formación de los precios y de las fuerzas que determinan el empleo. Por eso las examinaremos por turno.
Inflación
Este término se usa tan mal que comúnmente se da por hecho que significa una subida de precios. Los precios al alza pueden ser o no un síntoma de inflación, que los economistas definieron originalmente como un fenómeno monetario. Señalar esta confusión es importante, porque la expansión de la cantidad de dinero y crédito en las monedas fiduciarias es solo uno de los tres factores principales que afectan al nivel general de precios:
- Cuando se aumenta la cantidad de dinero y crédito y ese aumento se aplica a los componentes del PIB o del índice de precios al consumo, representa la aplicación de dinero nuevo, que con el tiempo devalúa el dinero previamente existente empleado para estas estadísticas. Genera demanda adicional, que se desvanece y se revierte a medida que el poder adquisitivo de la moneda cae para acomodar la mayor cantidad de dinero introducida. Se requieren nuevos aumentos de la cantidad de dinero para contrarrestar la tendencia de la demanda a volver al nivel anterior una vez que se agota el efecto del aumento inicial.
- Cuando se retiran dinero y crédito de actividades no incluidas en las estadísticas del PIB o del IPC y se aplican a bienes y servicios que sí están incluidos, el efecto es un aumento temporal de la demanda registrada, como en el primer caso. Esta vez, el efecto de la expansión y la posterior contracción de la demanda puede detectarse en las estadísticas del PIB y del IPC, mientras que se ignora el efecto de la retirada del dinero aplicado a elementos ajenos al PIB.
- De lejos, el factor más importante que mueve los precios son los cambios en la preferencia general de los individuos por mantener una reserva de dinero. Este factor puede aumentar el poder adquisitivo de una moneda fiduciaria o llevarla a su colapso total, y es independiente de los cambios en la cantidad de dinero y crédito en circulación. Los cambios en la preferencia prevalecen sobre los dos primeros casos en una economía de dinero fiduciario, y deben considerarse el mayor riesgo para la estabilidad de la moneda.
En los tres casos, el cambio en los precios procede del lado del dinero en las transacciones y no del de los bienes. Es justo lo contrario de la creencia común de que el dinero es una constante inmutable detrás de todas las transacciones, con un valor de cambio objetivo válido, y de que la inflación es la subida de los precios de los bienes. Colectivamente hemos tomado los atributos que tenía el oro como dinero y los hemos aplicado sin modificación a las monedas fiduciarias modernas. Es ilógico considerar que la pérdida de poder adquisitivo de una moneda fiduciaria es solo un efecto a largo plazo.
El comité de mercado abierto de la Fed tiene como objetivo una tasa de inflación del 2 %, con lo que sus miembros quieren decir que intentarán lograr, mediante la política monetaria, que los precios expresados en dólares suban en esa cuantía. La descripción correcta de su objetivo es que buscan reducir el poder adquisitivo del dólar de forma controlada. Para perseguirlo, se apoyan en la teoría cuantitativa del dinero, que se concibió cuando el oro era dinero y se aplica sin modificaciones a las monedas fiduciarias actuales. Es decir, dejando de lado los factores intertemporales, asumen que existe una correlación suficiente entre los cambios en la cantidad de dinero y crédito y el nivel general de precios para los fines de la política monetaria. Esa relación era, en líneas generales, cierta cuando el oro era dinero, porque su función común como dinero iba más allá de las fronteras nacionales. Por tanto, cualquier tendencia de los cambios de preferencia a favor o en contra del oro, que variara su poder adquisitivo en un lugar concreto, quedaba limitada por el arbitraje.
Esto no puede ser cierto en una moneda fiduciaria, cuyo valor como dinero queda circunscrito a las fronteras nacionales. En este caso, los cambios en la preferencia relativa que expresan los consumidores entre dinero y bienes son potencialmente la variable más importante que afecta al poder adquisitivo del dinero, como se ha descrito más arriba.
Los intentos de gestionar la pérdida de poder adquisitivo de una moneda están condenados al fracaso, aunque solo sea porque no son las preferencias de los consumidores lo que se tiene como objetivo. Si los banqueros centrales han pasado por alto este punto, también lo han hecho todos los economistas y comentaristas que trabajan para los bancos de inversión y los medios de comunicación.
Los banqueros centrales y los economistas no entienden cómo surgen desde el lado monetario los cambios en el nivel general de precios. Utilizar una estadística, como el índice de precios al consumo, para fijar objetivos de inflación es engañoso y lleva a los responsables de la política económica a creer que pueden anular la ley de Say.
Desempleo
Hasta ahora hemos tratado las falacias que hay detrás del concepto de PIB, el verdadero objetivo de la política monetaria, y también las estadísticas de inflación, que son uno de los dos indicadores indirectos del PIB que usa la Fed como objetivo. Queda el desempleo. El desempleo es una condición antinatural, porque, de acuerdo con la indiscutible teoría de la división del trabajo, las personas trabajan para obtener de otros lo que necesitan y desean. Por eso, sin intervención del gobierno, el problema del desempleo tiende a resolverse por sí solo.
En EE. UU., incluso un análisis superficial de la composición de las estadísticas de desempleo y de la aplicación de los ajustes estacionales demuestra que no sirven en absoluto para su propósito. Pero quejarse de la veracidad de las estadísticas de desempleo es pasar por alto el punto más importante: lo que realmente importa es la contribución de la población activa al progreso económico. Cuando personas inteligentes y cualificadas trabajan de camareros y barmans, podemos decir que la economía está en transición, porque un aumento del empleo de esta naturaleza probablemente es temporal. Cuando adquiere un carácter permanente y la gente no se reciclan para adquirir las competencias que ahora se demandan, la economía no evoluciona como debería y el progreso se ve bloqueado.
El desempleo, al ser una condición antinatural, es en el fondo un problema creado por el Estado. El Estado fija una legislación laboral que favorece al empleado, con la consecuencia de que los empresarios se abstienen de contratar a personal que, de otro modo, emplearían libremente. Muchos Estados gravan el empleo con impuestos, elevando su coste por encima de su valor de uso. La experiencia de Francia es un buen ejemplo: los altos impuestos sobre el empleo y la regulación restrictiva han dado lugar a tasas de desempleo permanentemente elevadas. Los bancos centrales tratan de contrarrestar estas desventajas reduciendo el poder adquisitivo de la moneda, en un intento de animar a los empresarios a contratar, lo que se ha convertido en la justificación básica de la intervención monetaria. Equivale a golpear a todo el mundo con un palo y luego ofrecer una zanahoria monetaria mientras se sigue blandiendo el palo.
Si el Estado dejara de interferir en el mercado laboral, el desempleo no sería más que un problema a corto plazo. Incluso si el Estado se limitara a abstenerse de más intervenciones, el desempleo tendería a bajar, por la necesidad y el deseo de la gente de trabajar. Es natural que la tasa de desempleo tienda a disminuir con el tiempo, así que no debería sorprender que las estadísticas de desempleo, por imperfectas que sean, hayan alcanzado el objetivo de la Fed tras ocho años de tipos de interés cero.
Conclusión
Que algunos economistas acierten sobre la evolución futura de los tipos de interés no debe tomarse como prueba de que dominen la teoría económica. Sin embargo, podemos concluir que la reciente caída del poder adquisitivo del dólar, expresado en precios de la energía y las materias primas, ha reducido la probabilidad de que haya tipos de interés negativos. Si el poder adquisitivo del dólar cae mucho más, el mercado esperará tipos de interés más altos, de modo que este pasa a ser el resultado probable.
Surgirá entonces la cuestión de si la Fed se atreverá o no a subir los tipos de interés lo suficiente como para estabilizar el poder adquisitivo del dólar. Si la Fed se demora, podría encontrarse ante una decisión difícil. El nivel de tipos de interés necesario para estabilizar el poder adquisitivo del dólar no sería compatible con el mantenimiento de los niveles récord de deuda, tanto en el sector público como en el privado. Treinta y seis años después, podría producirse otro momento Volcker. Sería sin duda un error pensar que los responsables de la Fed no son conscientes de este peligro y que no recomendarían actuar pronto para evitar este desenlace.
Por otro lado, si el poder adquisitivo del dólar empieza a subir durante el resto de este año, la Fed puede aplazar las subidas de tipos e incluso introducir tipos negativos. Sería el resultado más deseable para la Fed, ya que supondría la continuación de una represión económica indefinida con una menor probabilidad de crisis financiera.
Lo que realmente importa son los cambios en el poder adquisitivo del dólar, y prever los tipos de interés a partir del PIB, los precios al consumo o los niveles de empleo no solo se apoya en estadísticas malas, incompletas y engañosas, sino que además carece de base en una teoría económica sólida. Es el curso de los mercados, resumido en la ley de Say, lo que debería guiar tanto a los economistas como a los comentaristas.
Las opiniones y puntos de vista expresados en el artículo son los del autor y no reflejan necesariamente los de GoldMoney, salvo que se indique expresamente. Ten en cuenta que ni GoldMoney ni ninguno de sus representantes ofrecen asesoramiento financiero, jurídico, fiscal, de inversión ni de ningún otro tipo. Dicho asesoramiento debe solicitarse a una persona u organismo independiente y regulado que esté debidamente cualificado para prestarlo. Cualquier información facilitada en este artículo se ofrece únicamente como comentario general de mercado y no constituye asesoramiento. GoldMoney no asumirá responsabilidad alguna por pérdidas o daños que puedan derivarse directa o indirectamente del uso de dicha información o de la confianza depositada en ella.