An inquiry into the monetary fitness of bitcoin relative to gold
INTRODUCCIÓN
Desde su creación en 2009, las criptomonedas novedosas, como el bitcoin, han suscitado tanto escepticismo como entusiasmo. En los últimos años, los defensores del bitcoin han empezado a sostener que su servicio tecnológico artificial presenta una aptitud monetaria igual o, quizá, superior a la del oro. La comunidad del bitcoin ha comenzado a propugnar que los ahorradores corrientes deberían «abandonar el oro», que ha sido el dinero tangible del ser humano durante miles de años, por el bitcoin, al que consideran una versión sustitutiva del oro y que actúa, en sus palabras, como «oro digital». En este documento investigaremos los atributos del bitcoin y, más concretamente, de la minería de bitcoin, para comprobar si estas afirmaciones son válidas.
EL DINERO COMO MEDIDA Y RECOMPENSA, LOS COSTES DE OPORTUNIDAD Y LA PROSPERIDAD EN LOS SISTEMAS DE COOPERACIÓN HUMANA
Nuestro objetivo en este documento es investigar la aptitud monetaria del bitcoin en relación con el oro y, de forma más general, con cualquier materia prima tangible que sea útil. El término aptitud monetaria se refiere a la jerarquía interna de los posibles dineros según un conjunto de primeros principios evidentes por sí mismos, que conocemos mediante la observación, la medición y la predicción de la naturaleza. Definimos el dinero como la única medida y recompensa de los actos de cooperación humana que permite la satisfacción definitiva de las transacciones entre dos o más individuos que actúan por interés propio. En igualdad de condiciones, para que una sociedad cooperativa prefiera el dinero al trueque, el dinero debe ser una medida neutral de la capacidad de acción humana, es decir, del esfuerzo, que alinee tanto la acción como la ambición individuales con una medida objetiva e inmutable a lo largo del tiempo.
El esfuerzo humano individual conlleva un coste de oportunidad en la metabolización de alimentos y combustibles, y de él resulta un bien o un servicio. El dinero, como medida objetiva e inmutable del esfuerzo, incentiva una distribución equitativa de las recompensas basada en el mérito dentro de los sistemas de cooperación humana. Bajo un dinero así, quienes trabajan más y producen un mayor excedente de habilidad o de bienes reciben más dinero que los demás. A su vez, esta dinámica motiva a todos los demás a levantarse al día siguiente y trabajar más o menos según sus circunstancias personales y su deseo de autorrealización. Esta relación circular entre el dinero como medida y como recompensa de los actos independientes de cooperación es lo que permite que una sociedad cooperativa compleja e interdependiente premie la paciencia con el mérito y el esfuerzo con el ocio y, sobre todo, que sobreviva; es decir, que alcance y mantenga un estado de prosperidad colectiva y, por tanto, siga siendo resiliente a lo largo del tiempo.
Definimos la prosperidad como un estado de excedente de energía metabólica. Por las leyes inherentes a la naturaleza, toda sociedad cooperativa debe estar primero suficientemente alimentada, abrigada y resguardada para evitar la agitación social y política y, así, crear un entorno propicio para la acción cooperativa productiva. Por ello, esta exigencia existencial debe mantenerse siempre en una sociedad no clánica. Como ejemplo de las consecuencias de la quiebra de esta dinámica tan fundamental en cualquier sociedad no clánica, basta mirar a Venezuela o incluso a algunas naciones occidentales en la actualidad. Es importante subrayar que evito deliberadamente el uso de nociones abstractas como «riqueza», «capital» y otras medidas nominales al hablar de prosperidad. Esas medidas, que emplean el lenguaje de las matemáticas, pueden ser útiles para comunicar fenómenos naturales, pero no explican los primeros principios, más fundamentales, de la cooperación humana en los que me centro en este documento.
Este requisito existencial de mantener un excedente de energía metabólica exige necesariamente que, cada día, los actos de cooperación humana se renueven y se produzcan continuamente en el presente objetivo, porque el pasado carece por completo de poder, al igual que todos los actos cooperativos que tuvieron lugar en él. En lo que respecta a la cooperación humana no clánica, solo importa el futuro. Esto se debe, en parte, a la realidad evidente de que la naturaleza dicta que todos los bienes y servicios más esenciales para la existencia sufren una utilidad marginal decreciente con el tiempo: las cosas crecen y luego decaen, y los alimentos y los recursos energéticos no pueden durar en su estado de mayor utilidad inmediata sin una inversión continua de energía metabólica para conservarlos. Por ello, en una sociedad cooperativa no clánica en la que diversos agentes humanos individuales que actúan por interés propio dependen de otros y no tienen predisposición altruista a producir lo que necesitan al día, a la semana o al mes siguiente, solo el dinero sobrevive al nuevo día como medida y motor de la cooperación humana.
Podemos ver por qué el tiempo es el factor más importante en esta dinámica: la motivación del mérito se logra infundiendo en la mente de los cooperantes, en el presente, un sentido del futuro, especialmente ante el fracaso. Pensar en el futuro, planificarlo y trabajar más duro en el presente con la aspiración de trabajar menos y disfrutar de más abundancia en el futuro es la reacción humana natural ante los efectos ontológicos del tiempo, que todo lo conquista e impone que los poderes de la entropía lo impregnen todo. La perspectiva del fracaso, al ser la encarnación más cercana de la entropía, garantiza que el mérito y los recursos, por grandes que sean, nunca permanezcan para siempre.
ESTABLECER UN MARCO PARA CLASIFICAR LA IDONEIDAD MONETARIA
Una vez esbozados los rasgos generales del dinero, la cooperación humana, los costes de oportunidad y la prosperidad, ahora debemos establecer un marco para clasificar la idoneidad monetaria. Como ya mencionamos, todo esfuerzo individual conlleva un coste de oportunidad en el gasto de energía metabólica: alimentos y combustibles. Por consiguiente, la mejor medida y recompensa tendría que presentar dos características: (a) encarnar la mayor cantidad de energía metabólica en relación con otras medidas posibles; (b) sobrevivir sin esfuerzo desde el pasado, a través del presente y hasta el futuro, como encarnación de esa energía metabólica. En última instancia, ambas características reflejan algún tipo de escasez natural relativa que resulta evidente para todos los cooperadores. Cuanto más alto se sitúe un posible dinero según estas dos características, más eficiente podrá ser para medir los actos de cooperación humana de hoy y motivar los actos futuros de mañana.
A estas alturas, quizá ya esté claro por qué cualquier servicio que carezca de corporeidad quedaría excluido de nuestra clasificación de idoneidad monetaria. Aunque un servicio representa sin duda el coste de oportunidad del gasto de energía metabólica, igual que un bien, hay una distinción importante: un servicio prestado nunca puede separarse del gasto de energía metabólica que lo hace existir. Esto plantea un problema, ya que nuestra definición de dinero exige la satisfacción final de las transacciones. Todo lo corpóreo, ya sea un elemento o un bien compuesto de elementos, circula mucho después de su producción original dentro de un sistema cooperativo humano, lo que permite que se consuma, se use, se mejore o se intercambie sin requerir de nuevo el gasto original de energía metabólica. Por tanto, un bien se apoya en los primeros principios de la ley natural para sus atributos inmutables como medida y recompensa. Un servicio como dinero se filtra en la prosperidad (el excedente de energía metabólica) de quienes lo emplean, la limita y la consume, al imponer su coste de existencia en la medición y la recompensa de todos y cada uno de los actos de cooperación. Dicho de otro modo, por su dependencia constante de la energía metabólica, cualquier servicio incorpóreo como dinero obliga a todos los cooperadores a ajustarse a las exigencias futuras, abiertas e impredecibles, de ese servicio. Ya sabemos que esto es cierto para otro servicio que funciona como dinero en nuestra vida actual: las monedas fiduciarias centralizadas emitidas por los gobiernos. Pero, como argumentaremos en breve, lo es igualmente para las criptomonedas, que son servicios tecnológicos descentralizados emitidos por privados.
Que las «cosas» corpóreas tengan la idoneidad monetaria más equitativamente demostrable es la razón por la que los inmuebles de lujo se valoran tanto. Es también la razón por la que las pinturas raras, los coches e incluso las acciones de sociedades anónimas pueden parecer poseer idoneidad monetaria en sociedades relativamente avanzadas. En cualquier ejemplo de idoneidad monetaria que siga siendo fiel a los primeros principios que hemos establecido, encontrarás un derecho sobre una encarnación corpórea de energía metabólica que puede consumirse, usarse, mejorarse o intercambiarse posteriormente. Admito sin reservas que esto no siempre es fácil de ver y que la especulación, o la votación a corto plazo, como la llamaba Benjamin Graham en ocasiones, a veces enturbia nuestra visión de la ponderación a largo plazo de dichas especulaciones. Que sea así no implica que los pensadores económicos modernos deban redefinir el dinero rechazando los primeros principios. Si acaso, subraya por qué deberíamos esforzarnos más por anclar nuestra concepción del dinero a los primeros principios en la actualidad.
Descartados los servicios, debería quedar claro por qué nuestra clasificación de idoneidad monetaria exige necesariamente que cualquier posible dinero sea, en primer lugar, corpóreo y, si es posible, útil, es decir, algo que pueda consumirse, usarse, mejorarse o intercambiarse. Como acabamos de explorar, esta cosa corpórea debe ser capaz de encarnar una mayor medida de energía metabólica que otras cosas y sobrevivir sin esfuerzo, como encarnación inalterable, durante más tiempo que ellas. En otras palabras, buscamos algo que sea raro e inmutable en relación con otras cosas.
ELEMENTOS CORPÓREOS
Todo lo que es externo a los misterios de la mente humana es corpóreo, es decir, está compuesto de una cosa, la materia, que percibimos a través de nuestros sentidos: olfato, vista, gusto, tacto y oído. Esta materia puede descomponerse hasta una cierta cantidad observable, a partir de la cual es cualitativamente distinta de otras. Estos bloques de materia irreductibles se conocen como los elementos y, desde la Antigüedad, los seres humanos han reflexionado sobre las cualidades singularmente identificables que hacen que un elemento sea distinto de otro. Aunque ha habido muchos paradigmas para describir los elementos, hoy estos atributos cualitativos intrínsecos, observables y medibles, están codificados en la tabla periódica de los elementos. Piensa en la tabla periódica simplemente como un mapa que nos ofrece una guía hacia un conocimiento que cualquiera podría observar y confirmar con sus propios sentidos.
Esta tabla periódica, que casi todos conocimos en la escuela primaria, muestra que existen 88 elementos de origen natural que se ofrecen a nuestra percepción sensorial.[1] Cada elemento, del hidrógeno al carbono o al oro, tiene cualidades distintas que le son intrínsecas. Unos son más escasos que otros, algunos son tóxicos para los humanos, otros conducen mejor la energía electromagnética, otros son más maleables o dúctiles, algunos se oxidan o se evaporan, y así sucesivamente. Aunque la lista es extensa, existen límites conocidos para estas cualidades y, lo que es más importante, hay una relación inmutable, es decir, que no cambia a lo largo del tiempo, entre los distintos elementos y sus cualidades inherentes. El oro es siempre oro y es siempre más escaso que el cobre, que es siempre cobre. El carbono es siempre carbono y es siempre más abundante que la plata, que es siempre plata. Cada elemento puede clasificarse según sus atributos y, una vez comprendido este mapa de atributos, las relaciones fijas nos revelan el orden natural de idoneidad monetaria inherente a todos los elementos, que a su vez establece la idoneidad monetaria de todos los bienes corpóreos.
La inmutabilidad de los atributos naturales de los elementos es otro misterio más, pero es aquel en el que se sustentan todo el lenguaje, la cooperación y la ciencia, pues indica que la flecha irreversible del tiempo, de donde surge la causalidad en el mundo corpóreo, tiene leyes observables, repetibles y, por tanto, predecibles, que nos permiten hacer conjeturas sobre cualquier cosa, desde la literatura hasta la economía. En otras palabras, somos capaces de hacer predicciones razonablemente fiables sobre el futuro porque entendemos, por experiencia pasada, las propiedades intrínsecas del mundo físico que se ofrece a nuestros sentidos comunes. Lo importante aquí es que la predecibilidad la otorgan las relaciones fijas entre los elementos dentro del orden natural.
LA IDONEIDAD MONETARIA DEL ORO
En lo que respecta a una comprensión más profunda del dinero y de por qué el oro es el mejor dinero que la naturaleza ofrece, estas leyes naturales inmutables son el manantial del que debe partir toda indagación natural productiva: la placa tectónica, o cimiento, de nuestra comprensión ampliada. Si el mundo corpóreo, y los elementos que lo componen, no fueran observables, medibles, repetibles y, por tanto, predecibles, no habría forma de inducir la cooperación humana, medir el esfuerzo e incentivar el mérito, que, como he argumentado, es lo que fomenta la prosperidad colectiva en una sociedad cooperativa humana no clánica.
De ello se sigue que la cosa corpórea que sirva como dinero debe ser rara, y serlo de manera inalterable, lo que a su vez, por ser una cosa corpórea, permite que encarne la mayor cantidad de energía metabólica en el menor peso y volumen espacial posibles. ¿Por qué son tan importantes el peso y el volumen espacial? Porque la escasez determina el gasto relativo de energía metabólica, o coste de oportunidad, necesario para extraer, recolectar o adquirir la cosa. En otras palabras, el peso físico y el volumen espacial relativos se corresponden directamente con la energía metabólica gastada y, por tanto, encarnada en la cosa rara. Cuanto menor es la huella física de una cosa, más eficiente resulta de forma natural almacenarla, transportarla, intercambiarla, medirla y comerciar con ella, lo que le permite convertirse, si es necesario, en una medida y recompensa descentralizada y fungible –dinero– que sirve como medida del esfuerzo y motivador del mérito a través del tiempo y del espacio. La escasez, el peso y el volumen espacial son, pues, características críticas que nos permiten ordenar una cosa según el prisma de la aptitud monetaria.
Cuanto menos escasa sea la cosa y mayor su huella física, menos eficiente será. En economía, el término que se usa para designar este fenómeno es «densidad de valor», pero lo cierto es que cualquier persona que lea este documento puede entender la lógica de representar la mayor cantidad posible de energía metabólica (es decir, su esfuerzo) en la cosa más eficiente a lo largo del tiempo (es decir, la que ocupa menos espacio físico y pesa menos). Curiosamente, la densidad de valor es lo que contribuye en última instancia a que un dinero se extienda por los sistemas cooperativos humanos y, por tanto, se vuelva verdaderamente descentralizado, lo que a su vez lleva a que cooperadores independientes, más allá de ubicaciones geográficas, culturas, sistemas políticos y husos horarios, mantengan una red de cooperación gracias a su adopción de ese dinero. En este caso, podemos ver de nuevo cómo no hacen falta servicios incorpóreos, como los protocolos TCP/IP, porque las leyes de la naturaleza ya hacen posible este fenómeno de la forma más elegante y eficiente, mediante algo corpóreo y al alcance de la mano.
Cuando explico esta característica del dinero a la gente, suelo usar el ejemplo de la forma de un terrón de azúcar. Un terrón de oro encarna una enorme cantidad de energía metabólica (medida en peso), que fue necesaria para extraer el oro de la tierra, en comparación con todos los demás elementos medidos con el mismo criterio de peso (porque es a la vez el elemento natural más raro y con mayor peso específico y, por tanto, el que requiere más energía metabólica para extraerse por peso y volumen espacial). Ese terrón también dura más, en términos relativos, que el resto de los elementos (porque no reacciona químicamente al exponerse al aire). De ello se sigue que el terrón de oro tiene más densidad de valor que un terrón de plata del mismo tamaño. Si utilizara mis percepciones sensoriales cinestésicas en cualquier momento presente, concluiría invariablemente que el terrón de oro pesa más, aunque visualmente los dos sean idénticos en tamaño y ocupen el mismo volumen espacial.
El peso es una propiedad de los primeros principios de la ley natural, como lo es la encarnación de energía metabólica que surge de la escasez natural: la abundancia relativa, o la falta de ella, de todos los elementos entre sí en la tierra. Por eso una tonelada de cobre se cotizó por última vez a 6000 $, mientras que una tonelada de oro se cotizó a 55 millones de $ en los mercados de materias primas. El mismo peso, dos elementos distintos, que ocupan volúmenes de espacio completamente diferentes y requieren cantidades de energía metabólica completamente distintas para extraerse. Por eso también una tonelada de oro ocupa apenas dos pies cuadrados de espacio, mientras que una tonelada de cobre ocupa un almacén.[2]
Un análisis de la tabla periódica de los elementos nos muestra por qué el oro, junto con los metales preciosos platino, paladio y plata, son los elementos naturales no tóxicos más raros que no reaccionan con el aire. Esto significa que siempre requerirán la mayor cantidad de energía metabólica para producirse y que, debido a su escasez relativa, encarnan físicamente esa energía en el menor espacio durante el mayor período de tiempo. El resultado es que los metales preciosos ocupan el primer puesto en aptitud monetaria: son las encarnaciones definitivas de energía metabólica para emplearse como medida del esfuerzo y recompensa del mérito a través del tiempo.
Esta relación entre la escasez natural (cuán raro es un elemento respecto a otro), el peso específico (peso) y la utilidad decreciente en el tiempo (cuánto dura un elemento respecto a otro) es la base sobre la que se pueden razonar objetivamente todos los intercambios de energía metabólica, y es la razón por la que vemos a los metales preciosos servir como dinero desde el relato escrito más antiguo de una sociedad cooperativa humana.
Suele ser en este punto cuando el escéptico protesta y plantea dudas sobre elementos hipotéticos o sobre la posibilidad de extraer metales preciosos de asteroides. Ambas propuestas nacen de un desafortunado alejamiento de las ciencias aplicadas respecto de lo empírico y predecible, hacia lo incalculable y teórico: el efecto de los «antiguos astronautas» en la ciencia moderna, si se quiere.
Tanto la minería de asteroides como los elementos teóricos con vidas medias de días o semanas no son, para cualquiera que use el sentido común, más que mitos académicos. Podemos imaginarlos, claro, pero ¿los hemos visto alguna vez? ¿Tenemos alguna razón observable para creer que han existido alguna vez o que perdurarán en el futuro en la misma forma? Otros elementos que se han incorporado a la tabla periódica durante el último siglo son tóxicos para los humanos, ya sea por contacto o por inhalación. Otros existen unos pocos segundos, lo justo para que un científico los bautice como elemento (como los elementos de Seaborg). Antes de intentar extraer metales preciosos del vacío del espacio, tendríamos más suerte extrayéndolos de los sedimentos de los fondos oceánicos. Hay una prueba sencilla que conviene aplicar antes de hablar de elementos: en lo que respecta a la aptitud monetaria, deberíamos preguntarnos si el elemento en cuestión se puede sostener en las manos, ver con los ojos, probar con la boca, oír con los oídos o inhalar por la nariz. Si no supera esta prueba básica, el elemento en cuestión es inútil en cuanto a su viabilidad como dinero.
LA AUSENCIA DE IDONEIDAD MONETARIA EN BITCOIN
Hasta ahora hemos establecido un marco para la idoneidad monetaria y hemos clasificado los elementos corpóreos según su idoneidad monetaria, de modo que, según nuestra investigación, los metales preciosos son el dinero por excelencia. Ahora debemos profundizar en nuestro conocimiento de bitcoin, la minería de bitcoin y la criptografía de prueba de trabajo, para comprobar cómo defienden la idoneidad monetaria de esta invención humana, un servicio tecnológico, quienes la promueven.
Mi exposición sobre la solidez del dinero quizá ya te haya hecho notar algunas similitudes con el lenguaje que utilizan los evangelizadores de criptomonedas como bitcoin. No es una coincidencia, sino el resultado de un intento organizado de hacer proselitismo para que se adopte este servicio tecnológico. La comunidad de bitcoin emplea el término «prueba de trabajo», que aparentemente pretende satisfacer nuestra propia definición de «idoneidad monetaria», la cual, de un modo u otro, ha definido el dinero durante miles de años. Sin embargo, como veremos a continuación, por mucha prueba de trabajo que exija el funcionamiento de la criptomoneda, la incorporeidad de este servicio tecnológico da lugar a una ausencia de idoneidad monetaria.
Es cierto que bitcoin se diseñó originalmente para reproducir las propiedades de idoneidad monetaria que han convertido al oro en el dinero por excelencia a lo largo de la historia.[3] Precisamente por ese motivo me involucré tan pronto con bitcoin y por eso, incluso hoy, el eje de mis esfuerzos en este documento no es defender que los inversores deban «abandonarlo». Para mí, el problema es que la comunidad de bitcoin no puede, por un lado, basar todo su futuro en el argumento de la prueba de trabajo y, por otro, denigrar al oro, que es el ideal natural al que cualquier servicio tecnológico de prueba de trabajo solo puede aspirar, pero que nunca podrá encarnar. Como mostraré en las secciones restantes de este documento, seguir este camino intelectual defectuoso, que ignora la corporeidad como requisito esencial de la idoneidad monetaria, introduce una comparación inevitable que, por desgracia para bitcoin, lo deja por debajo no solo del oro, sino de cualquier bien corpóreo materializado en elementos naturalmente escasos que perduran en el tiempo. En última instancia, como demostraremos, todo depende de la dificultad de cualquier servicio para ofrecer a un sistema humano de cooperación una finalidad satisfactoria como medida inalterable y recompensa de la energía metabólica.
Bitcoin no es distinto de ningún servicio tecnológico, desde Amazon Web Services hasta Slack o Twitter. La prestación de cualquier servicio tecnológico implica algún tipo de coste de oportunidad, o prueba de trabajo, basado en el gasto de energía metabólica (el gasto energético en investigar, desarrollar y fabricar los ordenadores y servidores, la electricidad que consumen los ordenadores que hacen funcionar el servicio y la energía metabólica que gastan los cooperadores que lo sostienen). Este esfuerzo es un coste de oportunidad efectivo para el excedente de energía metabólica de una sociedad cooperativa que, debido a las demandas continuas del servicio, empieza a consumir la prosperidad de la que depende. En el caso de bitcoin, la situación es aún más grave, pues el deseo de convertir este servicio en un dinero único para medir y recompensar todos los actos de las corporaciones exige que sus continuas demandas de energía metabólica se satisfagan siempre y en todo lugar. Esto invierte la relación entre el dinero como medida y motivador de nuevas transacciones cada día, que refleja los complejos altibajos del mérito y el fracaso dentro de una sociedad cooperativa. Más bien, este tipo de dinero sustituye a la prosperidad como estrella polar hacia la que trabaja principalmente una sociedad cooperativa. Esa es la diferencia entre el dinero buscado por sí mismo y el dinero buscado como guía de la prosperidad. Si el dinero empleado exige que una parte creciente de la prosperidad se le asigne siempre y en todo lugar, ese dinero como medida teñirá los cálculos económicos y las previsiones del hogar que lo utiliza. Una vez más, no vemos ninguna diferencia entre este tipo de dinero y la moneda fiduciaria emitida por los gobiernos, que produce el mismo efecto.
Sin el acto de «minar» bitcoins no habría bitcoins; no solo no habría bitcoins nuevos, sino ninguno. Esto se debe a que la genialidad de bitcoin es también su talón de Aquiles: sus propiedades aparentemente descentralizadas, que inducen a cooperar para asegurar un libro de transacciones cada vez mayor, exigen invertir una cantidad creciente de energía metabólica en validar bloques de minería cada pocos minutos. Cada bloque cumple una doble función: validar las últimas transacciones y, igual de importante, servir como libro definitivo que indica a cada titular cuántos bitcoins posee. Esta imbricación de los sistemas de pago con el libro que afirma quién posee qué es el modo en que bitcoin, como servicio tecnológico, intenta emular las propiedades físicas del oro como medida del esfuerzo y motivador del mérito. Este hecho lleva también a los defensores de bitcoin a sostener que, en efecto, bitcoin es incluso mejor que el oro, o «oro digital», por usar su jerga. Esta característica del servicio tecnológico es en realidad un defecto y se logró hipotecando el futuro, lo que plantea un problema grave para bitcoin a largo plazo.
El término «minería», en este caso, es en realidad un nombre inapropiado. En lugar de la palabra «minería», considera el cálculo de hashes y la validación de bloques de la prueba de trabajo de bitcoin como una inversión masiva y continua de energía metabólica para mantener la red. Sin esta inversión, bitcoin es simplemente una abstracción: nada más que líneas de código o, más concretamente, operaciones matemáticas que cualquier persona corriente podría escribir con papel y lápiz.
LA DIFERENCIA EN IDONEIDAD MONETARIA ENTRE LOS BIENES CORPÓREOS Y EL BITCOIN
Por el contrario, el oro se extrae porque es raro e inmutable por naturaleza, conforme a las leyes naturales de primer orden. El acto de extraerlo no hace nada por validar la existencia continuada del oro, del mismo modo que el acto de respirar no hace nada por validar la existencia del oxígeno. Puedo sostener en la mano oro que se extrajo hace siglos y puedo llevarlo a cualquier lugar que desee, igual que puedo respirar oxígeno en cualquier sitio donde elija vivir. Que yo respire oxígeno o sostenga oro en la mano depende de los principios básicos de la corporeidad, y no de la necesidad de participar en un servicio tecnológico construido sobre esos principios. Por eso, a lo largo de la historia hemos visto otros bienes corpóreos, desde el ganado hasta las conchas, que han servido de dinero. Aunque los distintos bienes corpóreos muestran distintos grados de aptitud monetaria, su existencia en mano no exige que su propietario se sume a la inversión continua de energía metabólica con la que se hicieron. Y, como ya establecimos, para su propietario un bien corpóreo en mano ofrece el máximo potencial de consumo, utilidad, mejora o intercambio, lo que le permite responder a sus deseos individuales de autorrealización mientras recorre su propio camino de mérito y fracaso.
Extraer más oro hace que haya más oro disponible, que después circula para siempre dentro de las sociedades cooperativas humanas y entre ellas. El oro no tiene ninguna necesidad existencial de que se le dedique una inversión continua de energía, y puede llevarse como anillo o guardarse en el lugar donde uno se resguarda, pues encarna energía metabólica ya gastada. No existe un libro de contabilidad compartido y, por tanto, nadie puede saber con certeza cuánto oro existe ni cuánto se posee en un momento concreto. Que las cosas corpóreas dependan únicamente de las leyes naturales de primer orden es la expresión más verdadera de la descentralización.
Lo que quiero señalar es que el oro, y cualquier otra cosa corpórea, no necesita remitirse a una cadena de bloques para saber qué es y qué no es. Bitcoin y otras criptomonedas nos exigen desviar constantemente nuestra energía metabólica y nuestro tiempo colectivos para sostener la integridad de una abstracción matemática. Esta actividad es, por tanto, secundaria respecto a las leyes naturales de primer orden. Cuando un agricultor produce una cosecha, esa acción alimenta el hambre de la sociedad. Cuando un minero produce cobre, esa acción alimenta la infraestructura energética de la sociedad. Cuando un prospector descubre petróleo, este impulsa los sistemas de transporte de la humanidad. Cuando un minero decide asumir un riesgo y extraer oro, ese coste de oportunidad da lugar a más oro, que puede emplearse en chips informáticos para conducir energía electromagnética sin empañarse o utilizarse como dinero: una medida duradera y objetiva para los demás productos de primer orden de la naturaleza, que se deterioran más deprisa y se llevan a cualquier intercambio en un sistema cooperativo. Intercambiar oro por otra cosa proporciona una satisfacción definitiva, igual que intercambiar cualquier cosa corpórea por otra cosa corpórea.
Por la experiencia de debatir esta cuestión durante más de una década, he comprobado que a los economistas modernos, a los académicos y a los miembros de la «economía de servicios» les resulta muy difícil captar este concepto, aunque no es más que una verdad evidente. En cambio, a menudo observo que los cooperadores primarios, como los agricultores, los pescadores y los mineros, entienden con más facilidad esta característica de nuestro mundo natural. Con frecuencia son los miembros de la cooperativa primaria quienes reconocen que el oro no se diferencia de los tomates, del litio o de las manzanas que tanto se esfuerzan en producir. Es una manifestación de primer orden del esfuerzo y el mérito humanos que surge de la negociación directa con la naturaleza.
La cooperativa secundaria, la «economía de servicios» (por usar la expresión actual), es donde vive bitcoin. Es dentro de este ámbito del cálculo matemático donde las criptomonedas parecen raras, parecen moverse con facilidad y parecen representar la realización de un estado duradero e inmutable. Por desgracia, nada de esto es real. Al fin y al cabo, bitcoin no es más que un sistema monetario mal concebido que grava la energía metabólica en lugar de preservarla: un sistema que simplemente intenta imitar lo que la naturaleza ya ha perfeccionado y hecho evidente.
Si los mineros de oro del mundo dejaran de extraer mañana, a nadie que posea oro le importaría ni se enteraría siquiera. Un gramo de oro seguiría siendo un gramo de oro. Con bitcoin, la realidad es completamente distinta. Cualquier «propietario» de bitcoin solo posee lo que la última versión del libro de contabilidad dice que posee. Esa versión existe gracias al funcionamiento continuo de enormes servidores informáticos situados en algún lugar, lo que obliga a la sociedad a desviar constantemente su energía metabólica para mantener la utilidad aparente del servicio. De este modo, bitcoin, si ha de usarse como dinero, se interpone en la cooperación humana del mundo real al competir con la prosperidad que guía esa cooperación.
Una vez expuestos los principios básicos por los que bitcoin, que es un servicio tecnológico de la cooperativa secundaria, carece de aptitud monetaria, voy a concluir ahora mi artículo con varias demostraciones de cómo se manifiestan estos principios en una comparación real entre el oro y bitcoin. Así llegaremos a comprender el coste real de operar un sistema monetario basado en bitcoin.
EL COSTE DE MANTENER BITCOIN COMO TECNOLOGÍA DE SERVICIO MONETARIO
Como acabamos de explorar, existe una distinción fundamental entre un servicio incorpóreo que se ofrece y las cosas corpóreas de las que ese servicio incorpóreo depende. Una fábrica de zapatos depende de maquinaria, energía y personas para producir zapatos que, después, pueden circular como un bien. Una fábrica de zapatos puede funcionar durante el día y cerrar por la noche, o puede cerrarse o reconvertirse a otra actividad según los cooperadores que la sostienen afronten el éxito o el fracaso. En todas estas posibilidades, los zapatos históricos producidos por la fábrica no guardan relación alguna con lo que ocurra en ella hoy o mañana.
Un servicio tecnológico ofrece un servicio mientras los insumos corpóreos de los que depende sigan siendo consumidos por el servicio. De este modo, la existencia del servicio se basa tanto en la demanda de insumos corpóreos fijos como en la de flujo. Esta, como ya comentamos, es una limitación inherente a los servicios incorpóreos. Es esta limitación de primer principio la que, por desgracia, muchos defensores de los servicios tecnológicos, desde bitcoin hasta Dropbox o las redes sociales, tienen dificultad para apreciar. Un ejemplo se encuentra entre los partidarios de la tecnología que presumen de que internet existe como una red virtual de intercambio de información, mientras ignoran convenientemente que en 2025 el 20 % de toda la electricidad se destinará únicamente a cubrir las necesidades de almacenamiento de datos digitales que exige internet.[4] ¿No está claro, según los primeros principios, que internet solo existe como servicio virtual porque consume cada minuto, cada hora y cada día una enorme cantidad de la energía metabólica de la sociedad? ¿Y no está claro que, además del flujo de energía que internet demanda constantemente, debemos considerar también todo el equipamiento en forma de servidores de cómputo, así como a todas las personas que sostienen estos servicios con su propio gasto de energía metabólica individual, pues todos ellos dependen de los insumos corpóreos de un sector de la sociedad cooperativa que los produce? En consecuencia, internet sin duda ofrece a la sociedad una red virtual de intercambio de información, pero el coste para la sociedad no es ni virtual ni gratuito.
Los defensores de bitcoin se apoyan en esta comprensión errónea de un servicio tecnológico incorpóreo para sostener que, cuando se usa Bitcoin para almacenar valor o realizar una transacción, ese acto es virtual y no físico. Como veremos ahora, estas afirmaciones son juegos de manos demostrablemente falsos. Cuando uso mi smartphone para crear un monedero de bitcoin, transferir algunas monedas y enviárselas a un amigo que usa un smartphone al otro lado del mundo, esta actividad puede parecerles virtual a mi amigo y a mí. El problema es que, detrás del acto virtual, lo que en realidad hace posible todo esto es una enorme cantidad de infraestructura física en el mundo natural, compuesta de hardware de cómputo, transformadores de energía, espacio físico e ingenieros informáticos. Que esta infraestructura no esté vinculada directamente a mi acto de comunicar una transacción por internet no cambia nada.
Es intelectualmente deshonesto, e incluso un caso grave de disonancia cognitiva, creer este hecho o tergiversarlo de otro modo, lo que recuerda la célebre pregunta de Berkeley: si un árbol cae en un bosque pero no hay nadie allí para verlo, ¿ocurrió realmente? En lo que respecta a bitcoin, sí, está ocurriendo, y actualmente consume cada año más energía que los cien millones de habitantes de Filipinas juntos.
En este punto, un defensor de Bitcoin puede responder que, de acuerdo, el sistema quizá exista en el mundo físico e incluso consuma enormes cantidades de energía metabólica, pero que eso es una característica positiva por dos razones. Primera, demuestra que bitcoin no debería considerarse un servicio incorpóreo, sino un derecho sobre equipamiento corpóreo en algún lugar. Por tanto, a diferencia del barbero que ofrece un corte de pelo como servicio, con bitcoin el propietario tiene un derecho sobre algo tangible. Segunda, estas actividades físicas se llevan a cabo de forma aleatoria y descentralizada, lejos del campo de visión inmediato. Si bitcoin aún puede lograr el acto de pago virtual de manera eficiente como moneda nativa de internet, esta actividad física debería verse como un coste necesario. En otras palabras, el hecho de que el coste esté separado físicamente del acto hace de bitcoin un servicio tecnológico singular que sirve como dinero.
La debilidad de este argumento radica en una mala comprensión de la relación entre los dos puntos planteados por nuestro interlocutor teórico. El primer punto trata de un derecho sobre equipamiento físico en algún lugar, pero ignora el flujo de energía que ese equipamiento demanda constantemente. En el caso de bitcoin, esta demanda constante de energía es ilimitada mientras se ofrezca el servicio, lo que afecta a la naturaleza de bitcoin como medida a través del tiempo y, por tanto, a su capacidad de proporcionar finalidad de satisfacción a quienes lo emplean como dinero. El segundo punto da por hecho el carácter descentralizado de los insumos físicos e incluso lo presenta como una fortaleza que, si fuera cierta, contradice necesariamente el primer punto. Si el equipamiento es descentralizado y eso es un coste necesario, ningún propietario de bitcoin puede afirmar que posee dicho equipamiento. En todo caso, el minero, como propietario del equipamiento, tiene el poder de negociación al ofrecer el servicio y exigir tanto los costes de insumos de flujo como los fijos a quienes lo utilizan.
Profundicemos y veamos por qué estas afirmaciones equivocadas sobre bitcoin no solo son incoherentes, sino que llevan al defensor de bitcoin a hacer varias concesiones importantes: la dependencia de bitcoin, como servicio tecnológico incorpóreo, de flujos de energía metabólica corpórea y de equipamiento fijo.
Partiendo de mi experiencia en la minería de criptomonedas, he adoptado una perspectiva equilibrada para estimar el tamaño y la escala de la infraestructura de bitcoin en el momento de escribir esto (junio de 2020).[5] He decidido ser conservador en mis estimaciones y he evitado hacer proyecciones sobre el futuro, aunque la comprensión actual del código fuente de bitcoin casi garantiza que las demandas corpóreas futuras serán exponencialmente mayores. Simplemente intento entender el coste de mantener la red de bitcoin hoy, en el presente objetivo.
Llevaremos a cabo nuestra investigación centrándonos en los dos insumos de demanda que consume el servicio de bitcoin para mantenerse en funcionamiento:
1. El flujo de energía metabólica necesario para sostener bitcoin.
2. El equipamiento corpóreo fijo y el espacio volumétrico necesarios para sostener bitcoin.
De este modo, llegaremos a comprender no solo el flujo de energía, sino también el peso y el espacio volumétrico que el sistema bitcoin exige a la sociedad como coste de oportunidad para alimentar el servicio monetario.
A fecha de 10 de junio de 2020, los datos clave para evaluar la escala de la red bitcoin, y por tanto sus requisitos computacionales y energéticos, son los siguientes:

El flujo de energía metabólica necesario para sostener bitcoin
Con su tasa de hash actual de 113.000.000 terahashes por segundo (Th/s), el servicio tecnológico de bitcoin consume 11.605 megavatios hora (MW/h) de electricidad cada hora. En consecuencia, la energía que demanda el servicio las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana y los trescientos sesenta y cinco días del año supondría alrededor de 101.659.800 MW/h. Para entender la escala de esta demanda continua de energía en un servicio tecnológico que tiene apenas 11 años, comparémosla con la de países enteros.

Bitcoin ya consume tanta energía de flujo, en forma de electricidad, como países como Países Bajos, Filipinas, Kazajistán o Pakistán. Podemos suponer que en un país como Kazajistán, muy implicado en las industrias extractivas de recursos naturales, o como Países Bajos, dedicado a la producción industrial, buena parte de ese consumo eléctrico se destina a producir bienes corpóreos. Filipinas y Pakistán, en cambio, son ejemplos interesantes porque muestran lo poca electricidad per cápita que necesita una sociedad y, por tanto, lo material que ya es hoy la demanda eléctrica de bitcoin como servicio en relación con las necesidades de la sociedad.
En el momento de escribir esto, el coste mayorista en dólares estadounidenses de 1 MW/h de flujo eléctrico (sin incluir el coste de capital de construir el sistema de generación eléctrica) ronda los 50 $. Esto indica que el coste continuo de la electricidad a tarifas mayoristas para limitarse a hacer funcionar el servicio bitcoin es actualmente de 5.100 millones de dólares al año. Dado que el valor actual del servicio bitcoin es de 171.000 millones de dólares, obtenemos una conclusión importante: el coste de mantener la demanda de flujo energético de la red bitcoin a tarifas mayoristas es de aproximadamente un 3 % anual.
Este cálculo es el mínimo indispensable para estimar la demanda de flujo energético y, como ya he mencionado, supone tarifas eléctricas mayoristas y no tiene en cuenta el coste de capital de lograr esas tarifas a lo largo del tiempo. Además, en estos cálculos tampoco se considera el coste de oportunidad que supone para la sociedad desviar este flujo de energía mayorista hacia un sistema monetario en lugar de hacia otras actividades productivas.
A pesar de estas salvedades, podemos empezar a ver que, efectivamente, emplear un servicio tecnológico incorpóreo como sistema monetario tiene un coste tangible para la sociedad. Esto concuerda con nuestro análisis desde los primeros principios sobre la distinción entre un servicio incorpóreo y los bienes corpóreos como dinero. No discutamos, pues, que, como dinero, el servicio bitcoin grava la prosperidad. Este impuesto es muy real y desde luego no virtual y, en lo que respecta al instrumento en sí, representa una pérdida de valor inherente a lo largo del tiempo para bitcoin o, en el lenguaje de las opciones: «theta bleed.
El equipamiento corpóreo fijo y el espacio volumétrico necesarios para sostener bitcoin
Vamos a estimar ahora las demandas corpóreas fijas de bitcoin en forma de equipamiento, peso y espacio volumétrico. Primero debemos calcular la infraestructura física necesaria para mantener la red bitcoin. Como mínimo, hay que tener en cuenta los chips informáticos especializados (conocidos como «mineros»), los bastidores que sostienen la infraestructura de cómputo y los transformadores eléctricos que captan la electricidad de la red y la distribuyen a los equipos informáticos en uso. Sin este equipamiento básico existiendo en algún lugar, consumiendo energía y funcionando en todo momento, bitcoin como abstracción matemática deja de existir. Con estos datos, estimemos ahora el equipamiento asociado y los pesos correspondientes que se requieren para sostener la red con su tasa de hash actual y su demanda de flujo energético.

Al dividir el peso combinado de 64 928 340 kilogramos de hardware necesarios para sostener la tasa de hash actual de 113 000 000 terahashes por segundo entre los 18 382 487 bitcoins existentes en el momento de redactar este texto, obtenemos una proporción que exige al menos 3,53 kilogramos de hardware físico en algún lugar del mundo por cada unidad de Bitcoin que posee alguien en otro lugar del mundo.
Aunque los defensores de Bitcoin se apresuren a señalar que un bitcoin es fungible hasta un satoshi, esto no cambia el hecho de que cualquier unidad abstracta de bitcoin requiere una mayor cantidad de peso físico para ser creada. Por lo tanto, reducir la escala de la medida abstracta solo aumenta la corpulencia del bitcoin en relación con cualquier cosa corpórea y fungible, desde la sal hasta el oro. De este modo, una unidad de bitcoin puede considerarse una medida indefinida, volátil y cambiante.
Veamos ahora en qué se diferencia del oro. Las unidades de oro pueden medirse en átomos con exponentes en los «billones de billones». Sin importar lo grande o pequeña que sea la unidad en cuestión, una unidad de oro se corresponde con la misma proporción de peso representada por dicha unidad. Esto hace del oro una medida inalterable.
Nuestro análisis de los pesos relativos ha sido instructivo, pero nuestro análisis conservador excluye el espacio volumétrico. Si queremos entender, en última instancia, la idoneidad monetaria de bitcoin en comparación con el oro, debemos incorporar la huella física que ocupa bitcoin, como servicio de tecnología monetaria, en el mundo material. Para entender el espacio volumétrico que ocupa la infraestructura de Bitcoin, realizaremos la siguiente medición:
• Huella física total necesaria para alojar los 8 440 296 chips de minería de bitcoin (Bitmain S9 AntMiner), los 4642 transformadores de 2,5 MW cada uno, los bastidores y el hardware informático asociados a los 18 382 487 bitcoins existentes con la dificultad de red actual de 113 000 000 terahashes por segundo.
Para calcular las dimensiones físicas que requieren las operaciones de minería de bitcoin, necesitamos proponer una disposición realista para distribuir el hardware de forma que funcione con eficiencia. No se pueden simplemente apilar transformadores y chips S9 como se pueden condensar densamente los átomos de oro.
La disposición más eficiente, y que además representaría las mejores prácticas actuales de la minería de bitcoin, consiste en concebir una pared de hardware de minería S9. Hemos trabajado con un total de 8 440 296 S9; por tanto, en nuestro cálculo supondremos que la pared tiene 6 unidades de altura, lo que da como resultado 1 406 716 S9 colocados uno al lado de otro. Una vez instalado y montado en bastidores el hardware de minería S9, se necesitan al menos 3 pies de espacio libre tanto en el lado de entrada de aire de los ventiladores como en el de salida, un hueco vertical de 6 pulgadas entre los S9 para la fuente de alimentación y los cables, y un hueco horizontal de 0,6 pulgadas entre los S9 (que tiene en cuenta el espacio ocupado por los bastidores y los postes de soporte).
Sin embargo, si queremos determinar la huella física, es decir, los metros cuadrados o pies cuadrados en términos de largo por ancho, necesaria para dar soporte a esta infraestructura, debemos plasmar de forma lógica dónde se situaría físicamente cada transformador dentro de nuestra «pared» de S9. Puedo asumir, como supuesto básico, que están colocados a intervalos regulares a lo largo de la pared de mineros. Por tanto, la potencia requerida sería de 11 605 MW en transformadores reductores de media a baja tensión. Con el formato de 2,5 MW, que reduce la tensión a 240 V, resultarían 4642 transformadores de 2,5 MW, cada uno capaz de alimentar 1818 mineros S9 apilados a 6 pies de altura. Es decir, por cada 303 columnas de mineros necesitaríamos un hueco de seguridad de 5 pies, otro transformador, otro hueco de seguridad de 5 pies y, a continuación, otra pared de mineros.
Si lo juntamos todo, el superordenador resultante, capaz de sostener toda la red Bitcoin, tendría las siguientes dimensiones:

Lo que hemos descubierto ahora nos ofrece otra idea importante: bitcoin requiere una infraestructura física que, si se concentrara en un único lugar, exigiría un edificio de al menos 2 metros de alto y 237 170 metros de ancho. Como podemos ver, solo para alojar la infraestructura física que da vida a bitcoin más allá de las líneas de código que cualquiera podría replicar manualmente, se necesitan, como mínimo, 33 millones de pies cúbicos, o 946 627 metros cúbicos, de espacio volumétrico. Estos ejemplos no tienen en cuenta los costes adicionales de la actualización del equipo de minería. En el momento de redactar este texto, la mayoría de los mineros de bitcoin están pasando al Bitmain S17 Antminer. Este chip de minería cuesta alrededor de 2500 $. Si incorporáramos una transición de los chips S9 a los S17, obtendríamos algunas eficiencias en el espacio volumétrico ocupado, pero a costa de varios miles de millones de dólares en la compra de equipo nuevo.
No te equivoques: en algún lugar hay incontables edificios físicos que alojan todo este equipo. Esos edificios deben mantenerse a lo largo del tiempo si se quiere que bitcoin perdure en el futuro, y su número no hará más que crecer si bitcoin sigue existiendo, con independencia del supuesto límite máximo de unidades abstractas disponibles dentro del servicio.
COMPARACIÓN DE LAS DEMANDAS DE FLUJO DE ENERGÍA Y DE PESO VOLUMÉTRICO FIJO DE BITCOIN EN RELACIÓN CON EL ORO
En este punto, un escéptico del bitcoin podría volver a protestar con el siguiente argumento: para evaluar la huella física del oro, habría que incluir todas las tierras que se explotan físicamente en el mundo, así como el equipo minero asociado. Mi respuesta a esta afirmación es que, según mis años de experiencia en el sector de la minería del oro, a largo plazo un proyecto de minería de oro bien gestionado se regenera mediante la restauración del terreno con poca alteración del mundo natural.[6] Por tanto, en este caso la tierra no se emplea de forma indefinida, y en cuanto al equipo, el necesario para extraer oro puede reutilizarse para extraer cualquier otro elemento o recurso importante, mientras que los equipos que exige el servicio de bitcoin son especializados, están fijos en un lugar y no pueden reutilizarse para ninguna otra actividad.
Una vez más, vemos cómo estas objeciones se reducen, en última instancia, a la distinción entre un servicio incorpóreo que exige constantemente insumos corpóreos de flujo de energía y equipo fijo, y la producción de bienes corpóreos que existen de forma independiente tras el acto productivo. En esencia, esto nos devuelve a la idea de que el oro se extrae porque es oro, mientras que el bitcoin en realidad no se "mina", sino que se hace existir a base de energía mediante una infraestructura distribuida de equipos, terrenos y edificios, que siempre deben estar dedicados a ese único acto, no sea que todo el sistema monetario se desmorone. Además, resulta algo irónico que el oro sea un componente esencial de los equipos de "minería" de bitcoin, lo que convierte a este elemento en un ingrediente existencial de la infraestructura del bitcoin, para el cual no existe sustituto. El oro no necesita al bitcoin para existir; el bitcoin no puede existir sin oro. Los propios chips informáticos que se usan para "minar" bitcoin deben conducir energía electromagnética a 300 000 km/s (la velocidad de la luz) para ser eficaces. El único conductor material existente capaz de lograrlo durante los periodos más largos es el oro. Por tanto, para que el bitcoin pueda "minarse" siquiera, el oro es un insumo necesario.
En cambio, nunca ha hecho ni hará falta ningún bitcoin para extraer oro de la tierra: basta con una batea o un pico. Esta diferencia fundamental apunta no solo a la primacía del oro sobre el bitcoin (no podemos tener lo segundo sin lo primero), sino también al absurdo de usar algo que, por sí mismo, puede servir como dinero perfecto (el oro) para crear un sustituto monetario manifiestamente inferior (el bitcoin). Al usar el oro de este modo, tomamos algo que realiza a la perfección el resultado buscado y lo empleamos para crear algo que lo menoscaba.
Tras abordar las diferencias inherentes entre la minería del oro y la "minería" de bitcoin, continuemos con nuestro análisis comparando el bitcoin con el oro según nuestros primeros principios de aptitud monetaria. Lo que ya debería estar claro es que una comparación más apropiada consiste en examinar los atributos relativos del oro ya extraído, por un lado, y de todo el servicio de bitcoin tal como existe hoy, por otro.
Aunque no soy partidario de las estimaciones de las existencias totales de oro (pues, como he mencionado, creo que es una cifra imposible de conocer realmente, y que el atributo más importante es la escasez natural), en este caso considero instructivo basarme en las estimaciones generales de 171 000 toneladas.[7] Con este peso de oro podemos estimar el espacio volumétrico del oro. A diferencia del bitcoin, el oro puede reducirse a un cubo simplemente dividiendo el peso total entre su densidad de 19 300 kilogramos por metro cúbico.
El resultado es que las 171 000 toneladas de oro extraído a lo largo de la historia cabrían holgadamente en un campo de fútbol: un cubo de aproximadamente 8860 metros cúbicos de volumen que, debido a los átomos densamente empaquetados del oro, mediría solo 20,7 metros por lado. En suma, llegamos a la conclusión de que, en el momento de escribir esto, toda la infraestructura física asociada al bitcoin ya requiere aproximadamente 106 veces más espacio volumétrico que todo el oro del mundo. Por tanto, el servicio de bitcoin como dinero ocupa más espacio volumétrico que el oro.
Pasemos ahora a comparar las exigencias de flujo de energía del bitcoin frente al oro según los primeros principios. Como hemos mostrado, si todo el oro del mundo se redujese a un cubo, seguiría existiendo en el futuro sin necesidad de consumir más insumos de energía ni equipo fijo. Imaginemos ahora a miles de millones de personas acudiendo al cubo de oro, arrancando un pequeño trozo y volviendo a sus casas. Pueden hacer algo con ese oro, como convertirlo en joyas, fabricar un chip informático o enviar un satélite al espacio, o simplemente pueden conservarlo, sabiendo que, mientras esperan a que otra persona lo use en el futuro para algún fin, su oro permanece inalterable como medida y recompensa de su esfuerzo y mérito históricos.
Un cubo similar que alimente el servicio de bitcoin requiere un flujo constante de energía y equipo fijo que crece con la adopción del servicio. Con el bitcoin sería imposible poseer simplemente una pieza a mano con una satisfacción duradera. Cualquier propietario de bitcoin solo puede usar el servicio comunicándose con su teléfono inteligente u ordenador, con lo que consume aún más energía y equipo fijo. Este acto de comunicación con el servicio es, en la práctica, su único uso. Con el paso del tiempo, el servicio exige más a sus usuarios, y la participación de estos en él debe sostener las crecientes exigencias físicas de más energía y más equipo. En consecuencia, su bitcoin cambia constantemente como medida y recompensa de su esfuerzo y mérito históricos.
Esta es la verdadera distinción entre el oro como dinero, cualquier materia prima tangible como dinero y un servicio incorpóreo como dinero según los primeros principios de la observación, la medición y la predicción naturales.
CONCLUSIÓN
En este documento hemos delineado un marco para establecer la aptitud monetaria. Hemos sostenido que, dentro de nuestro marco, los servicios incorpóreos no cumplen el atributo principal de la satisfacción duradera. Al exigir constantemente aportes adicionales de energía y de equipos, los servicios como dinero compiten con la prosperidad de la sociedad que los emplea.
A continuación mostramos cómo los bienes corpóreos, clasificados según nuestro marco, presentan distintos grados de aptitud monetaria, y que los más escasos y duraderos son los más aptos para servir como dinero. Después mostramos por qué los metales preciosos ocupan el primer lugar.
Una vez establecido que el oro y los metales preciosos eran dinero, intentamos comparar el bitcoin, como tecnología incorpórea, con el oro, poniendo a prueba las afirmaciones realizadas por los defensores del bitcoin en los últimos años. Nuestra investigación mostró que el servicio de bitcoin consume una enorme cantidad de energía de flujo, equipos físicos y espacio volumétrico para perpetuar su propia existencia. Esta cantidad crece y cambia, lo que da lugar a una definición real del bitcoin como una medida y una recompensa volátiles y cambiantes.
Que el precio del bitcoin suba o baje no cambiaría nada de nuestro análisis, ya que se basó en primeros principios. Por el contrario, los escépticos que se apresuran a argumentar que los sistemas monetarios basados en el oro están anticuados o representan una innovación de la era predigital deberían reconsiderar su postura. Ahora debería quedarles claro que anclar un libro mayor digital al oro físico requiere un esfuerzo mínimo en comparación con el bitcoin, y que los gobiernos han dejado de hacerlo por razones fiscales y no por ninguna limitación inherente al oro. El único obstáculo para que cualquier gobierno del mundo vuelva a implantar hoy un sistema monetario basado en el oro es la exigencia de reservar de forma transparente una unidad de dinero en circulación a un peso de oro. Por lo tanto, nadie que posea oro debería abandonarlo por el bitcoin. Los argumentos de que el bitcoin es «oro digital» no son más que mitos, no distintos de los de los alquimistas que lograban convertir el plomo en oro en la era preilustrada.
[1] https://www.thoughtco.com/how-many-elements-found-in-nature-606635
[2] http://demonocracy.info/infographics/world/Gold/Gold.html - Es importante tener en cuenta que en estas visualizaciones no se aprecia del todo el peso específico del oro, ya que hay espacio entre las barras y los palés. Cuando el oro se funde, se condensa y ocupa menos espacio.
[3]https://books.google.fr/books?id=WfUtAgAAQBAJ&pg=PA205&lpg=PA205&dq=Bitcoin+designed+to+mimic+Gold&source=bl&ots=bnTSEPW7AB&sig=ACfU3U39rU2kHtiaoB1tVL8Tiw4ZT5fjnA&hl=en&sa=X&ved=2ahUKEwjK2ur3iqDiAhXcAGMBHfgSDOEQ6AEwDnoECAgQAQ#v=onepage&q=Bitcoin%20designed%20to%20mimic%20Gold&f=false
[4] https://www.theguardian.com/environment/2017/dec/11/tsunami-of-data-could-consume-fifth-global-electricity-by-2025
[5] Quiero dar las gracias a Aydin Kilic por su ayuda con estas estimaciones.
[6] https://www.youtube.com/watch?v=mEWIoMZQivw
[7] https://www.bbc.com/news/magazine-21969100
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